24 dic. 2015

No tengo nada contra la Navidad ni el solsticio de invierno, faltaría más

No tengo nada contra las familias que celebran felizmente la Navidad. Al contrario, les deseo que lo puedan hacer en paz en y alegría durante mucho tiempo. Tampoco tengo nada contra el hecho de que El Corte Inglés proclame con insistencia y hegemonía que le gusta la Navidad. Tiene una cierta lógica, cada cual hace su trabajo. Otra cosa diferente es la manipulación emocional del espíritu navideño con doble o triple ración de melaza, la infantilización amerengada de los buenos sentimientos naturales o la imposición de la unanimidad de la fiesta a fuerza de olvidar que cada uno la celebra como quiere y como puede. Frente a navidalópatas compulsivos, los navidalófobos tienen iguales motivos para merecer comprensión y respeto. Como si aun
no hubiese suficientes motivos de enfrentamiento y división, algunos han querido alimentar últimamente un nuevo fuego purificador contra los partidarios incipientes de celebrar más bien en esta fecha del calendario el solsticio de invierno, que es lo que en realidad física y primigenia conmemora la Navidad. A mi los solsticios del año me despiertan una simpatía especial, lo reconozco, porque demuestran cada uno a su manera la capacidad de regeneración permanente del tiempo, de la vida. El solsticio de invierno significa que las noches comienzan a acortarse, lo que no es poco. 
Además, el solsticio de invierno del presente año, que cayó el día 22, trae un goce añadido: Navidad coincidirá con la luna llena. No se producía desde 1977 y no volverá a producirse hasta el 2034. Saldrá a las 5 de la tarde del día 25 y se pondrá a las nueve menos cuarto de la mañana del día siguiente. 
Poder mirar la luna llena la noche de Navidad, si las nubes lo permiten, también será mi fiesta. Pienso canturrearle desde la ventana, con especial predilección, aquellos versos de la “Tonada del cabestrero” del venezolano Simón Díaz: "La luna busca la sombra y no la puede encontrar, porque la sombra se esconde, ay!, detrás de la madrugá...". 
Cada uno celebra las fiestas como quiere y como puede. Para el solsticio de primavera del 20 de marzo próximo ya me inventaré alguna otra cosa para recaer en el placer sobrevivido a sí mismo, para volverlo a intentar en la encrucijada entre el placer y la necesidad con el toque de alegría de la menta fresca, poblado por un sueño ya sea balbuceante, imperioso, carnal, doméstico o cargado de la infinita lucidez, fragilidad y esplendor de la pasión ingenua, el conocimiento desolado o tal vez la ceguera del mal. “Estamos tejidos de la misma tela que los sueños y nuestra corta vida concluye con un sueño”, dice Próspero en la última obra que escribió el bardo, del dulce cisne de Avon. Feliz Navidad, feliz solsticio para todos.

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