21 jul. 2016

Los dioses ocultos entre las viñas de Mahalta, en el macizo del Montgrí

Ayer entré en una de las viñas más bellas y hospitalarias del Mediterráneo, situada en la vertiente del macizo del Montgrí que pertenece al municipio de Ullà. La pequeña finca se llama Vinyes de Mahalta en honor a la “Cançó a Mahalta” del poeta Màrius Torres. El vino que produce lleva el nombre griego de Apoikia. Lo probé en compañía de sus propietarios, Manel Núñez y Agnès Valentí, y del amigo Miquel Bofill. Descorchar una botella de vino en medio de la viña que lo ha engendrado y al lado de sus autores es un lujo auténtico. De entrada, Manel y Agnès me notificaron que esta viña nació como un “proyecto sentimental”. Me llevaron a recordar, caminando entre las hileras de cepas a última hora de la tarde calurosa, que no es lo
mismo hacer vino que elaborar butifarras o fabricar piezas de coche.
La viña y el vino tienen una carga simbólica especial, seguramente porque intuimos el prodigio que representa la fermentación alcohólica del jugo de uva y los matices infinitos que ofrece, siempre que se ponga el deseo necesario, quizá a veces excesivo, pero sin el que no habría alegría, conocimiento ni aproximación a la sutileza de las cosas. Sin la expresión varietal de los matices no hay emoción, sentimiento ni memoria. El abanico de calidad de los vinos es infinito, precisamente porque respeta las distintas expresiones de cada tierra y cada vinatero, o quizá también porque resulta radicalmente imposible definir la calidad de forma unívoca. 
La viña y el vino son una complejidad básica, igual que la ternura, la suerte o el desconcierto. Cada grano de uva es un minúsculo –pero entero-- globo terráqueo, una obra maestra de la ingeniería de la naturaleza, un núcleo irradiante de belleza y gozo. Un grano de uva, un grano de trigo o una oliva son aparentemente poca cosa, pero en su manera de ser y de asociarse contienen in nuce la plenitud, el secreto de la vida inteligente. 
El vino es la madre de las bellas artes, el carácter de un territorio, la filosofía del genius loci, la profanación de un secreto potente de los dioses, la fotosíntesis del saber y el sabor de la tierra y del clima combinados con el sudor humano. Esto es, concretamente, Vinyes de Mahalta y el vino Apoikia. Cuando la complejidad es capaz de destilar una genialidad depurada como esta, entonces eleva la pureza a lo esencial, materializa un sueño, consolida un punto de referencia, expresa la alegría de contribuir a una concepción del mundo con visión propia y actualizada, descifra el misterio del eterno contraste entre el arte y la vida, entre el modelo y el resultado.
El sentido de este vino capaz de fermentar en palabras ha sido escrito por Manel Núñez en el blog de su pequeña empresa con una finezza que yo no sabría igualar. Por eso me remito a él literalmente, por ejemplo cuando relata: “En la época arcaica los griegos utilizaban la palabra apoikia para designar la idea de separación de un grupo de ciudadanos de su casa (oikia). La separación no solo implicaba su marcha, sino también su independencia. Todo eso intenta ser Apoikia, pura esencia mediterránea. Una manera de pensar. Entendemos la viña como la heredera de una cultura que nos hermana, que nos hace regresar a la tierra sin dejar de mirar al cielo. Vinificamos parcelariamente porque dentro de cada botella se esconda aquello que las raíces han extraído del suelo, lo que las hojas han captado del sol y lo que el alma de un hombre ha dejado en prenda”. 
O también cuando añade: “Más de veinte años atrás, en un tiempo en que casi nadie apostaba por la viña en el macizo del Montgrí, nosotros no solo la conservamos, sino que la replantamos. En silencio, sin meter ruido, sin narcisismos. Ahora el paso de los años y el peso de la historia nos permite reivindicarnos como herederos de nuestros antepasados y seguir agradeciendo, como siempre hemos hecho, ser hijos de estas montañas”. 
En otra ocasión, anota en el blog: “En el Montgrí siempre hubo viña, no se ha perdido como en otros lugares. Se ha resistido a morir por la tozudez de unos pocos que nos precedieron y que ahora tres locos (Xuriguera-Faixedas, Batlle-Viader i Apoikia-Vinyes de Mahalta) nos hemos animado a hacer crecer. Cuando Xuriguera habla de su viña, veo que los ojos le brillan, que el sentimiento brota por la piel, y eso solo ocurre cuando amas la tierra. Por lo tanto, sí, como dijo Joan: ayer fue un buen día…, tierra”. 
Ayer fue de nuevo un buen día, sí, junto a estos acompañantes. Comprobé que cada pie de viña es un templete, pero solo algunas personas son capaces de explicarlo, de destilarlo en vino y en palabras como lo hacen Manel Núñez y Agnès Valentí.





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