8 dic. 2016

No me extraña nada que Lovaina celebre los 500 años de una utopía

La ciudad belgo-flamenca de Lovaina celebra hasta enero el quinto centenario de la publicación  del libro Utopía, del inglés Thomas More, con un festival que han bautizado The Future is More. 500 Years of Utopia. El libro del pensador londinense sobre cómo alcanzar una sociedad ideal marcó época, publicado en primera edición en la católica Lovaina por el acercamiento que pregonaba sin éxito entre protestantes anglicanos y católicos romanos. Lovaina y su universidad siguen siendo católicos, aunque cuando las conocí a ambas me pareció que esa adscripción ideológica resultaba mucho más teórica e institucional que real en la
vida práctica.
En la vecina Bruselas el ambiente universitario quedaba diluido, mientras que las dimensiones más reducidas de Lovaina y el protagonismo de sus estudiantes propiciaban la animación de muchos espacios concebidos a su medida, concentrados en un pequeño centro urbano que vivía para ellos, rodeado de infinitos campos de remolacha y prados de vacas.
La reputación de la universidad de Lovaina arrastraba a una notable cantidad de hijos de la alta burguesía de medio mundo, sobre todo latinoamericana y asiática. Este activo melting pot atraía a los demás, comenzando por los vecinos bruselenses. 
Los universitarios de Bruselas opinaban que no había color a la hora de salir a divertir-e. Iban a Lovaina, donde encontraban más ambiente, más oferta, más posibilidades. En definitiva, se ligaba más. En seguida comprobé que en Lovaina se alcanzaba con facilidad a tener apartamento, bicicleta y pareja. 
Al informarme en Bruselas de que Lovaina se encontraba a veinte kilómetros de distancia y que el desplazamiento se hacía en tren, me sorprendió el carácter instantáneo que atribuían al viaje de ida y vuelta. Supuse que exageraban.
Lo probé desde la Gare Centrale, amplia, ordenada, de espacios muy holgados en comparación con el reducido volumen de público. Una vez acomodado en el vagón de tren medio vacío, dotado con una calefacción de mucho ímpetu, el convoy abandonó en seguida los túneles suburbanos para emerger a cielo abierto, a los prados de remolacha y vacas flamencas. 
Por el cristal de la ventana del vagón serpenteaban los surcos de la llovizna cotidiana, los cuales duplicaban el efecto nuboso de un horizonte situado en realidad en la punta de los dedos. La garúa fertilizaba una tierra blanda, grasa, pastosa, impregnada por una humedad hundida en el carácter del lugar como una bronquitis.
Durante aquel trayecto entre Bruselas y Lovaina se produjo  un hecho que me dejó estupefacto para siempre. El tren se detuvo unos instantes por alguna razón técnica en medio de los Prados empapados.
Una vaca del campo limítrofe con la vía se acercó lentamente hacia la ventana que yo ocupaba del vagón inmóvil. Alzó ligeramente la testuz y me miró. La dirección de sus glóbulos oculares, prominentes y húmedos, no ofrecía ninguna duda. Bajo mi ventana, mientras me miraba fijamente durante unos segundos, articuló a través de los dientes rumiantes cada una de las palabras de la frase: 
-- Lo que buscas no está aquí. 
Me sobresaltó, pero no le di importancia. Las palabras de la vaca me parecieron meras ilusiones del espíritu. Mis esquemas mentales me privaban de entenderlo. El tren arrancó de nuevo. Escruté a mi alrededor en el vagón, pero nadie parecía haber compartido conmigo la escena epifánica. Yo era el único depositario del enigma, del oráculo claramente expresado y al mismo tiempo difícil de creer. Intenté olvidarlo. 
 Llegado a mi destino e instalado en la mesa de la cantina universitaria, reparé en el color de margarina de la piel de las estudiantes, su pigmentación afectada por el amortiguamiento general del llano país de nubes, cielos bajos y llovizna usual. La cultura nórdica de la mantequilla convive aquí con la de la margarina, que baja todavía de un tono. 
Levanté la mirada por encima de los ventanales de la cantina y comprobé, asombrado, que la luz era exactamente la misma después de comer que a media mañana, a primera hora como en la plenitud de la tarde. Una luz resignada, macilenta y empañada. No osaría decir gris, porque aprendí muy pronto a no menospreciarla. Comprendo que en un lugar como este imprimiesen la Utopía de Thomas More, hace 500 años, y que lo celebren.

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