22 dic. 2016

Todo el Mediterráneo y una lágrima ayer en la voz de Maria del Mar

Ayer miércoles me invitaron al primer concierto de la gira con que Maria del Mar Bonet y su público celebramos “50 años de escenarios“, en plena actividad, a punto de editar el nuevo disco Ultramar grabado en La Habana. La mallorquina ha llevado la voz en catalán del Mediterráneo por todo el mundo, con un grado de calidad y un dinamismo reconocidos. La celebración no tuvo lugar en el Palau Sant Jordi ni en el Olympia de París ni en el Central Park de Nueva York –tres escenarios donde ha actuado--, sino en el ateneo del barrio donde fijó su primera residencia al establecerse en Barcelona, en el teatro de los Lluïsos de Horta. La
amplitud artística de Maria del Mar Bonet a lo largo de 35 discos editados abarca las canciones tradicionales, los poetas, el jazz, los cantautores, las fuentes griegas y la orilla árabe.
Ayer volvió a desplegar aquella emisión segura de matices sinuosos de increíble belleza, el relieve expresivo voluptuosamente trenzado de pasión y al mismo tiempo sobriedad, unos colores de graves corpóreos y agudos poderosos: fuerza, vuelo, tensión, gusto, audacia, densidad, aplomo y hondura. 
La materia sonora de que están hechos los sueños no es un sueño etéreo, una pura ilusión del deseo innato de belleza. De un concierto de Maria del Mar Bonet siempre se sale materialmente un poco más sabios, más elegantes y más felices. 
Cualquiera de los géneros que ha tocado lo ha revestido de un enfoque valiente, una exigencia artística elevada y una voz única. El Mediterráneo representa una evidencia y a la vez un concepto difícil de ceñir en su diversidad. No es una realidad cohesionada ni armónica, sin embargo Maria del Mar Bonet ha sabido poner el acento lúcido sobre una identidad multicultural arraigada. Las ideas complejas y las identidades mestizas no son por fuerza de comprensión árida ni reservada a una élite del pensamiento. 
Nadie sabe definir con exactitud el Mediterráneo, pero todos reconocen que este pequeño mar entre tierras –mucho más reducido que otros océanos— fue el origen de la cultura occidental y hoy se está convirtiendo en foco de confrontación y quizás sepultura de aquellos principios. El grado de acercamiento, desarrollo inclusivo o cohesión regional labrado durante los últimos siglos entre ambas orillas –la cristiana grecolatina desarrollada y la musulmana colonizada-- ha sido nulo, ahora en tensión creciente y explosiva. La dialéctica norte-sur estalla en el Mediterráneo con todos los ingredientes. 
El éxodo provocado por la guerra de Siria y otros conflictos de la zona oriental llevó en 2015 en inhumanas condiciones hasta las costas europeas a un millón de personas, de las que 4.000 dejaron la piel en el empeño, ahogadas a un ritmo de diez por día en promedio. Este año han sido más todavía. 
Barcelona no es la urbe más poblada del Mediterráneo (superada por El Cairo y Estambul), pero sí la más moderna como derivación de una pujante sociedad industrial. Ese carácter no la ha llevado a jugar ningún papel mediterráneo destacable, excepto en la labor de Maria del Mar Bonet. 
En ningún mar del mundo hay dos olas iguales, aunque a menudo se enlacen con la pasión compartida de cada momento. Pocas personas han sabido demostrar en la práctica, como ha hecho ella, que el Mediterráneo es una realidad viva y a veces fraterna. 
Algún día entenderemos las simetrías íntimas que componen una ola y lo deberemos en parte a la belleza y la fe de la apuesta mantenida por Maria del Mar Bonet a lo largo de cincuenta años. Yo ayer aplaudí la belleza con esa misma fe. Gracias por invitarme.

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