10 dic. 2016

Uruguay no precisa avión presidencial porque es un país de excepción

Tengo una debilidad sentimental por Uruguay, entre otras razones por la personalidad de un país minúsculo encajado entre dos gigantes altivos como Argentina y Brasil. Eso no le ha librado de padecer el gobierno de las oligarquías ni las dictaduras militares igual que sus vecinos, casi por osmosis, pero desde hace más de diez años lo gobierna democráticamente la izquierda del Frente Amplio. El anterior presidente José Mujica, procedente de esta formación y anteriormente del movimiento Tupamaro, es recordado por la austeridad personal de que hizo gala en la práctica cotidiana del
cargo. Por eso ha desentonado la pretensión del actual presidente de izquierdas, Tabaré Vázquez, de comprar un avió presidencial como tienen todos los gobernantes de los países vecinos, en vez de utilizar las líneas aéreas regulares de pasajeros como hasta ahora. El modelo elegido cuesta un millón de dólares, aunque no es seguro que la polémica suscitada permita comprarlo.
Su predecesor en el cargo y actual senador de 81 años ha opinado: “Uruguay no necesita un avión y es bueno que siga siendo así. Fue siempre así. Yo me las arreglé siempre como pude. No comparto que haya que comprar un avión”. 
En efecto, José Mujica siempre viajó en líneas regulares, cuando no practicaba el “auto-stop”: los mandatarios vecinos pasaban a veces a buscarlo con sus aviones presidenciales para dirigirse a las reuniones internacionales. 
Todos tienen, Uruguai marca la diferencia y no tiene. En julio de 2013 el avión particular del presidente boliviano Evo Morales se vio retenido durante trece horas en el aeropuerto de Viena. El gobierno de Estados Unidos, herido por las revelaciones del joven informático Edward Snowden sobre su programa de vigilancia de decenas de millones de ciudadanos, presionó a los gobiernos europeos por donde debía pasar el avión de Evo Morales para que negasen el permiso de vuelo en su espacio aéreo, bajo pretexto que Snowden podía hallarse a bordo. No pudo despegar de Viena hasta que aceptó que la cabina fuese registrada en búsqueda de Snowden. 
En este aspecto de avión presidencial, la excepción uruguaya evoca todas las demás que admiro del “paisito”. Para mi Uruguay es el legendario país natal de escritores franceses como Lautréamont, Jules Laforgue y Jules Supervielle, el país de autores contemporáneos de la talla de Juana Ibarbourou, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Idea Vilariño o Eduardo Galeano, el país de artistas como Joaquim Torres García y Rafael Barradas, el país de exilio de Margarita Xirgu y de los catalanes que erigieron el primer monumento al president Lluís Companys, el país de músicos que amo como Alfredo Zitarrosa, Rubén Rada, Lágrima Ríos, Hugo Fattoruso o Jaime Roos, el país de la murga y el candombe.
En 1977 entrevisté a Eduardo Galeano en su exilio barcelonés para la revista Destino. Entonces aun no había estado nunca en Uruguay. Al llegar por prima vez a Montevideo, después de correr la cortina de la habitación del hotel, me lancé a la calle con una parte de avidez y otra de desconcierto. Topé al azar con la librería Linardi y Risso de la calle Juan Carlos Gómez, en la ciudad vieja, a pocos pasos de la céntrica plaza Matriz y la catedral. 
Aquel establecimiento representó la prueba de lo que hasta entonces intuía. Es una de las librerías más hermosas que he visto nunca, sin necesidad de colosalismos. En ella verifiqué aquello tan sencillo y tan cierto: “Como Uruguay no hay”. Lo amo sin necesidad de avión particular del presidente de izquierdas que ocupa el lugar en que José Mujica dejó un rastro de estilo, un ejemplo.



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