9 mar. 2017

Periodistas “huertamaros” y desayuno de tenedor en el mercado, ayer en el bar Yolanda

Acostumbro a hacerme la comida cada día en casa. Me gusta ir a comprar y cocinar. Me entretiene salpicar la cocina y limpiarla. Eso no quita que el gusanillo inclemente del ansia de conocer me arrastre a explorar la cocina de los demás. Como los restaurantes han subido de precio más de prisa que mi presupuesto, he buscado un recurso de sustitución. Me dedico a rastrear los bares de los mercados de Barcelona en busca de la joya artesana, la cocina más asequible y directa. Lo hago a la hora del desayuno, porque es la comida del día que me apetece más, quizás porque soy mañanero y huyo de las aglomeraciones propias de las horas más hechas y generales. Hablo de desayuno de tenedor, claro está. El viejo dicho recomienda desayunar como
un rey, almorzar como un miembro de la pequeña nobleza y cenar como un mendigo.
Los bares del interior de los mercados municipales son una institución que navega según el viento de los propios mercados. En Barcelona forman una cadena muy respetable, pese a padecer el imperio de los supermercados y los envasados. Suelen ocupar el mismo espacio que cualquier puesto y disponen de unos fogones y una plancha a la vista del público, donde desde primera hora se cocina sin pretensiones una poco de todo. Sin pretensiones no significa sin genio, significa sin aspavientos, sin la membrana abismal del artificio ni el señoritismo petulante. 
La exploración requerirá inevitablemente unos meses para completarla. He encontrado una acompañante que entendió el sentido de la búsqueda sin necesidad de ninguna argumentación, por sintonía espontánea. Soy amigo de Àngela Vinent no porque sea una excelente periodista, cocinera y vecina, sino porque es un espíritu libre. La sintonía viene primordialmente de ahí. A veces nos acompaña algún invitado especial del mismo talante, como ayer el colega y gran fotoperiodista Pepe Encinas, autor de la foto adjunta. 
Nuestro periplo del desayuno de tenedor en cada uno de los mercados barceloneses se encuentra en los inicios, pero lo completaremos. Alcanzaremos la cumbre de la joya escondida, hallaremos el filón, la veta aurífera bañada por una luz de profecía entre mil otras medianías. Lo lograremos con la felicidad autosuficiente y serena de los vulnerables, expuestos a las contingencias del mundo, pero al mismo tiempo abiertos al beso imprevisible y confuso de la fortuna. 
Una parte del valor de la vida radica en la incertidumbre, la fragilidad y lo imprevisto, mientras la voluntad se ve condenada a errar, resistir, esperar, consolar. Por cada momento complacido se dan otros contradictorios e incómodos. Los desengaños conducen a la verdad, no a la desilusión, si se pone el estado de ánimo necesario para renovar la apuesta, la vigorosa esperanza, la disposición a sentir de improviso el aguijón del placer en cualquier cruce entre el riesgo y el equilibrio.
No debe anteponerse de forma preventiva el escepticismo ante la complejidad. La fe mueve montañas y Àngela me ha prometido que colocará en su casa del Pallars una inscripción con la frase: “Mientras hay viña hay esperanza”. 
El Instituto Municipal de Mercados de Barcelona reconoce 40 homologados. Nuestro circuito nos permite pisar de nuevo barrios alejados y realidades urbanas distantes del círculo cotidiano, de modo a entender que la ciudad no se acaba nunca y que en el bar del mercado de Torre Barró, Canyelles o El Carmel se puede hallar el pequeño tesoro igual que en el de Les Corts, Sarrià o Gràcia. Comenzamos a acumular pruebas digeridas. 
Ayer fuimos al mercado del barrio de La Guineueta, uno de los reformados hace cinco años y como nuevo. Desayunamos de campanillas en el bar Yolanda, abierto diecisiete años atrás por Paco Martín Prada y su mujer Yolanda Ferrer Pérez, que cada mañana cocina todo lo que se ve. Probamos tres o cuatro cosas. Todo estaba buenísimo, cordial y bien repartido.
A la salida del mercado, no sé por qué, recordé la frase siguiente: “El relato me lo daban ellos. Yo solo le ponía unas gotas de piedad”. La escribe el veterano periodista “huertamaro” Josep Martí Gómez en su último libro El oficio más hermoso del mundo, que anda por la tercera edición.

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