10 abr. 2017

El barniz reluciente de la remodelación matará este rincón de Perpiñán

La foto adjunta ya no se podrá repetir, y me sabe mal. Cuando callejeo por el céntrico barrio viejo de Perpiñán y acabo cansado de caminar, me refugio en este rincón y, sentado en el banco, pego la hebra en silencio con el busto de Jacint Rigau. Es el patio interior de acceso al Museo de Arte de Perpiñán, que lleva el nombre del hijo ilustre representado en el busto. El museo Rigau contiene una colección heterogénea de gran valor, aunque desde décadas atrás se vio superado en dinamismo y atracción por el Museo de Arte Moderno de la pequeña villa vecina de Ceret, con su flamante edificio inaugurado en 1993, convertido en establecimiento público más visitado de todo el Rosellón. La capital rosellonesa ha tardado en
reaccionar. La directora Josefina Matamoros se jubiló en 2012, el liderazgo museístico de Ceret por encima de Perpiñán no podía continuar.
El Ayuntamiento perpiñanés anuncia que el día de San Juan abrirá al público la remodelación de su museo. Dos años de obras han servido para unir los dos edificios históricos contiguos, en pleno centro, ahora dotados de una museografía moderna. Una nueva entrada principal por la calle Mailly sustituirá la de la calle del Ángel y su patio interior que a mi me gustaba tanto.
El pintor Jacint Rigau nació en esta casa. Una vez residenciado en París, optó por llamarse Hyacinthe Rigaud al convertirse en 1685 en retratista de la corte de Luis XIV y de Luis XV, en pintor oficial de Versalles. 
Era el primer rosellonés que triunfaba en París, con el nombre francés elegido por él mismo. La última vez que visité el museo con finalidad concreta fue por el cuadro de Rigau que el Ayuntamiento había adquirido en subasta, un retrato de la señora Elisabeth de Gouy de 1703. La señora de Gouy, tras enviudar, se casó con el pintor Rigau, aunque sus relaciones íntimas procedían probablemente de antes. 
Mi visita quería comprobar si el estilo de Rigau cedió algo a la pasión en aquella ocasión propicia, a la complicidad un poco más visceral que su academicismo acostumbrado. No, no cedió. El retrato de la señora de Gouy presenta idéntica pomposidad de escuela, normativa, de molde, ni que fuese un magnífico molde. 
El cuadro cuelga junto al célebre autorretrato de Rigau, en un museo abigarrado que contiene auténticas joyas de épocas entremezcladas, desde el retablo de la Trinidad del siglo XV pasando por las obras de Rigau, hasta los contemporáneos Monfreid, Maillol, Terrús, Dufy, Clavé y tres retratos de la señora de Lazerme pintados en 1954 por Picasso durante sus veraneos en Perpiñán. 
La señora de Lazerme era la dueña de la casa, del hotel de Lazerme (hotel en el sentido francés de palacete residencial) donde se encuentra el museo. La propietaria mantenía uno de los principales salones de la vida burguesa perpiñanesa, como ya hicieron sus predecesores en la misma casa, antigua propiedad de la marquesa de Blanes, con la que el gobernador Augustin de Mailly que da nombre a la calle también mantuvo estrechas relaciones. 
Uno de los principales atractivos del museo de Perpiñán era el aire desvencijado de las instalaciones. Ahora todo lucirá con el barniz nuevo y desatarán el trompeteo del marketing para convertirlo en foco de visitantes, reclamo de moda, visita obligada. Yo perderé un rincón único, amado, silencioso y casi secreto.

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