17 ago. 2017

Tres plazas de Roma: el Ara Pacis revivida (1)

El centro urbano de la Roma imperial se encuentra desde más de veinte siglos atrás en el mismo lugar que el centro urbano de la ciudad de hoy. El solapamiento, la forma de cohabitar entre la historia y el presente es uno de los atractivos de la Urbe. Un punto preciso de esa cohabitación es el Ara Pacis, el céntrico monumento del siglo I aC recubierto en 2006 por el arquitecto moderno Richard Meier, el mismo autor del blanco edificio barcelonés del Museo de Arte Contemporáneo (MACBA) en el Raval. La victoria de Richard Meier ha sido que este rincón apartado a la orilla del río Tíber, dominado por una circulación automovilística densa y excluyente, se haya convertido gracias a su intervención en una plaza agradable para
la gente. Ante eso, los datos históricos del monumento pasan a un segundo plano. Lo importante es su manera pacífica y acogedora de convivir desde 2006 con la ciudad del presente, la apropiación del espacio por los ciudadanos de hoy.
El Ara Pacis o Altar de la Paz es un templo rectangular de mármol de Carrara levantado el año 13 aC en honor de la paz conseguida por el emperador Octavio Augusto en la Galia e Hispania, con frisos esculpidos alegóricos que representan todo un poema épico. No entremos ahora en el concepto discutible de aquella paz imperial.
El monumento se vio sepultado con el paso de los siglos, como tantas otras ruinas romanas engullidas. En el momento del bimilenario del nacimiento del emperador Octavio Augusto, Benito Mussolini saltó sobre la ocasión de mandarlo reconstruir en 1937 con toda rapidez, a fin de equipararse implícitamente con el augusto. 
Fue situado con la mayoría de fragmentos originales en la orilla del río Tíber, convertida ahora en vía de circulación automovilística rápida, densa y contaminante. En 1950 ya se colocaron algunas mamparas de vidrio para protegerlo, pero el Ara Pacis se convirtió a pesar de todo en un sórdido y oscuro rincón trastero de la ciudad. Aventurarse a pie era poco frecuente y poco recomendable. 
El arquitecto norteamericano Richard Meier no lo dudó: lo recubrió completamente con un nuevo edificio blanco, respetuoso con el contenido aunque sin duda más vistoso de lo que hubieran deseado los partidarios de les ruinas ruinosas. Ahora reluce, el monumento y el lugar. La gente se da cita, pasea, se sienta, juega.
Encuentro con frecuencia a lectores que me dicen haber recorrido esta ciudad con el libro Roma, passejar i civilitzar-se en la mano. Lo escribimos en 1987 el corresponsal de El Periódico Rossend Domènech y yo. Fue reeditado en 2000, gracias a la fidelidad de los lectores y a la llamada permanente de Roma. 
En el momento de aceptar escribirlo, Rossend Domènech pronunció una frase que no he olvidado. Mientras extraía por un instante el humeante cigarro toscano de la comisura de los labios, con un ojo medio entornado por los efectos del uno, me dijo con mirada penetrante: "Sabes, tu pondrás el ethos y yo pondré el pathos"... 
Quería decir --supongo-- que yo invertiría más entusiasmo como visitante fervoroso, mientras él veía los inconvenientes de la vida cotidiana. Han pasado muchos años y sin embargo recuerdo el instante y el sonido de aquella frase bautismal. Más aun, la revivo cada vez que regreso a Roma como el hijo pródigo.

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