25 ene. 2018

Los socialdemócratas alemanes persisten en engañarnos


El punto crucial del acuerdo de gobierno alcanzado entre conservadores de la canciller Merkel (CSU) y el Partido Socialdemócrata de Martin Schulz (SPD) queda sumergido en las 28 páginas del documento firmado: no subirán los impuestos a las rentas más elevadas, en contra de lo que planteaban los socialdemócratas. Todo lo demás resulta secundario. La riqueza disponible (aunque sea superior en Alemania que en otros países) se mantendrá igual de mal repartida, con el acuerdo de la vieja izquierda parlamentaria. El
poderoso SPD fue históricamente el primero en distanciarse –hacia el centro-derecha-- del resto de partidos socialistas europeos, que le acabarían imitando con el paso del tiempo.
En puertas de la Primera Guerra Mundial de 1914, el movimiento obrero y sindical alemán era el más potente de Europa. La clase dirigente agitó el espantajo del enemigo exterior para combatir al enemigo interior del partido socialdemócrata en ascenso, el primero del Parlamento desde las elecciones de 1912. El SPD de Karl Kautsky, en contra de los acuerdos de la II Internacional socialista, votó a favor de los créditos de guerra en el Reichstag el 4 de agosto de 1914. La escisión antimilitarista de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo fue liquidada. 
Fernand Braudel apunta en Gramática de civilizaciones: “Occidente se hallaba en 1914 al borde de la guerra igual como al borde del socialismo. Este segundo estaba a punto de alcanzar el poder, de fabricar una Europa tan moderna o tal vez más que la de ahora. La guerra arruinó aquellas esperanzas en pocos días, en pocas horas”. 
La Primera Guerra Mundial costó 18 millones de muertos. La Segunda, solo veinticinco años más tarde, 50 millones. A cambio del apoyo renovado a la segunda carnicería consecutiva, socialistas y sindicalistas accedieron al gobierno durante la posguerra europea. La política socialdemócrata abrió el camino al Estado del bienestar y, también, a la reacción de la derecha y los recortes pocas décadas después, cuando ya no era preciso calmar al movimiento popular. 
La izquierda llegó al gobierno en Alemania con Willy Brandt, en Francia con François Mitterrand, en España con Felipe González, en Gran Bretaña con Tony Blair. Todos ellos consideraron que no había otra política posible que la establecida antes de su llegada al poder, al que accedieron con la promesa de cambiarlo. 
El libro El capital en el siglo XXI, del joven economista francés Thomas Piketty, ha tenido un impacto inusitado en todo el mundo al demostrar lo que todos intuíamos, tanto en los círculos especializados como en la calle. El crecimiento de las rentas del capital ha aumentado más deprisa que el crecimiento económico colectivo de la renta de cada país, con la única excepción temporal de las políticas keynesianas durante el período del New Deal y el nacimiento del efímero Estado del bienestar, en la segunda posguerra europea. 
El libro demuestra que la acumulación del capital privado conduce a una espiral de concentración de la riqueza en manos de menos personas y que la velocidad de incremento de la desigualdad es cada vez más alta. Ofrece un tratamiento para salvar el modelo social democrático: tasar debidamente las rentas del capital, aumentar los impuestos a los más ricos. 
Es la única solución, a la que acaban de oponerse nuevamente los socialdemócratas alemanes, en su pacto de gobierno con los conservadores.

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