29 jun. 2018

Costoja: el pueblo con nombres de calle más poéticos del mundo

Ayer cruzamos con el amigo Josep Lloret la frontera franco-española invisible del puente de Riumajor, en la flamante carretera abierta en 1995 entre Tapis (núcleo disgregado de Maçanet de Cabrenys, Alt Empordà) y Costoja (Vallespir) en el lado francés. La iglesia de Costoja, de comienzos del siglo XII, presenta uno de los portales románicos más hermosos del país, aunque no fuimos por eso. La localidad, de un centenar de habitantes, ha tenido el acierto poético y la primicia internacional de rebautizar todas las calles con imaginativos nombres bilingües. Se llaman Via Crucis dels Somnis Inconfessables (Chemin de Croix des Songes Inavouables), Escapatòria dels Tenaços Xiuxiuejadors (Echappatoire des Tenaces Chuchoteurs),
Plaçot dels Emprius de Tothom (Placette des Servitudes Communes), Atzucac de les Paraules Callades (Cul-de-Sac des Paroles Tues), Maquinacions de Xavals i Pubilles en Joguineig (Manège des Gaillards et Filles en Badinage)... Son 77 placas de mármol con letras rojas incisas, arriba en catalán con caracteres algo mayores y debajo en francés.
Tras pasear por Costoja y beber un “petit banyuls” fresquito en el moribundo bar del pueblo, cruzamos nuevamente la frontera de vuelta para acudir a la mesa de Can Mach de Tapis como quien regresa a la fuente En 1936 Antoni Mach Caritg y su mujer Maria Nogué empezaron a dar de comer a cazadores, contrabandistas y transeúntes de este camino fronterizo. Cocinaban un abundante arroz caldoso, que solía incorporar conejo, jabalí y setas. 
El hijo Francesc Mach Nogué y su mujer Rosa Valls mantuvieron el negocio. En 1989 llevaron a cabo una ampliación del restaurante, con comedor para 180 comensales y luego un supermercado en los bajos para la clientela francesa atraída por la diferencia de precios. El nieto Antoni Mach Valls y su mujer Cati Batlle Pujol regentan hoy el establecimiento y le han añadido un pequeño hotel. Las dependencias de Can Mach son casi más extensas que el minúsculo núcleo fronterizo de 30 habitantes de Tapis. El biznieto está a punto de tomar el relevo. 
Aquel legendario arroz montañero de los inicios sigue vigente. Lo sirven literalmente en bandeja sobre mantel de cuadros rojos y blancos, como prenda de eternidad capaz de cabalgar sobre todas les épocas, todas las miserias, todas las ampliaciones. 
Aristóteles escribió en el tratado Ética a Nicómaco: “Algunos definen las virtudes como estados de impasibilidad y reposo, pero se trata de un error debido a que se expresan en términos absolutos”. Frente a los estoicos, el filósofo se mostró partidario de una felicidad de justo punto medio, compatible con la mediocridad y al mismo tiempo con lo sublime de algunos momentos humanos. Propugnó que no debemos creer a quienes “nos exhortan a alimentarnos tan solo con ambiciones de hombres mortales, con ambiciones mortales”. Y añadió que tenemos el deber de inmortalizarnos “en toda la medida de lo posible”. 
El arroz a la cazuela de Can Mach es exactamente eso, la inmortalidad en la medida de lo posible, la continuidad puesta en el plato, la comprobación de que la alegría del momento puede durar a lo largo de generaciones, la ilusión de imaginar el orden eterno de las cosas y saborear cada vez, alrededor del mantel a cuadros rojos y blancos, un instante de eternidad justo al lado de la Escapatòria dels Tenaços Xiuxiuejadors (Echappatoire des Tenaces Chuchoteurs) del pueblo vecino.

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