20 jul. 2018

Efectos de un puro Partagás bajo los tamarindos de Tamariu

Para fumar un buen habano Partagás hay tres lugares del planeta con una higrometría ambiental privilegiada: el malecón de La Habana, la rambla del Poblenou barcelonés y la sombra de los tamarindos de Tamariu. Son arbolitos enclenques, insignificantes, de una envergadura negligible al primer vistazo, como esqueletos roídos por el salobre. A finales de primavera sus ramas se permiten una subida de flujo sanguíneo, florecen y alcanzan a formar una copa capaz de ofrecer sombra amable, recreativa y ventilada bajo algunos bancos del paseo. Esos bancos son mi lugar para fumar un habano Partagás a la orilla del mar, después de almorzar o cenar el pescado del día. Tamariu es el ombligo de mi pequeño mundo ampurdanés, un
lugar en que puedo sentirme feliz sin más necesidad que un bañador, a veces ni eso. Practico aquí mis rituales, los de verano y los de invierno. Ambos requieren un bagaje reducido: lentes de sol, la petaca de habanos y la libreta de apuntes. 
Después de almorzar o cenar salgo al paseo marítimo, me siento en un banco y enciendo el habano para contemplar el espectáculo del mar detrás de las volutas aromáticas del último tabaco elaborado a mano, el último canuto suavemente alucinógeno todavía legal. En invierno los bancos dispuestos bajo los tamarindos de Tamariu dejan triunfar un sol acariciante, cálido, amistoso. En verano brindan una sombra aireada.
Durante la horita que dura mi trato con el cigarro Partagás, veo pasar y saludo a algunos amigos y conocidos, generalmente los mismos. Suelen fijarse en mi habano y mi bolígrafo en acción, aunque ya no creo que les extrañe. Ellos y yo formamos parte del pequeño paisaje. 
A veces el puro se encuentra en un estadio inicial que puede parecer ostentoso. Si los amigos y conocidos pasan de nuevo al cabo de un rato, lo verán transformado en colilla que sigo aspirando con el mismo amor o tal vez más, ante la inminencia del final de la relación sentimental. Los amigos y conocidos pasan y me complace que nos saludemos, sin embargo el interlocutor estable es el mar de enfrente, que no saluda ni habla, pero se expresa. 
En verano, cuando mi Partagás se extingue sin remedio, me acerco lentamente hasta el agua cóncava de la cala y me zambullo, en un intercambio de caricias fluidas. Después voy a dormir el almuerzo o la cena. Entre los efluvios fluorados del dentífrico, sueño los sueños que he vivido bajo los tamarindos de Tamariu. El día en que pueda dedicar más tiempo a un Lusitània de Partagás gran formato, probablemente aparecerá la sirena, me ofrecerá amistad y empezaré a escribir su historia bajo los tamarindos de Tamariu.

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