26 nov. 2018

Ni River Plate merece esta victoria ni Argentina esta derrota

Anoche se suspendió de nuevo el “partido del siglo de los siglos”, la final de la copa Libertadores (la Champions latinoamericana) entre los dos principales clubes de fútbol de Buenos Aires y eternos rivales, River Plate y Boca Juniors. El día anterior el encuentro tuvo que se aplazado en el último momento por la violencia desencadenada una vez más alrededor del estadio por los hinchas y, más aún, la impunidad de que goza esa violencia y la ineficiencia de las autoridades. El fútbol es un gran negocio y mueve muchos intereses, no solo sentimientos y pasiones. La ciudad de Buenos Aires representa una cosmópolis de 14 millones de habitantes, donde todo se ve multiplicado y
amplificado. Desde hace largos años llevo dos clubes de fútbol en el corazón, el Barça y Boca Juniors, aunque ocupen un espacio cada vez más pequeño y dudoso. Aquí se han controlado más o menos los desmanes de los “boixos nois” y similares, en Argentina no. La dictadura militar que allí gobernó hasta 1983 dejó como rastro la dificultad de recuperar valores como la honestidad pública, la cual puede resultar más lenta de restablecer que la democracia electoral, tal como expone el reciente libro La raíz de todos los males. Cómo el poder montó un sistema para la corrupción y la impunidad en la Argentina, del periodista Hugo Alconada Mon. 
La economía globalizada provoca que los mejores futbolistas de aquel país jueguen en el extranjero. La corrupción destiñe con frecuencia sobre las estructuras directivas del futbol argentino. La violencia mafiosa de las “barras bravas” se ve consentida y manipulada por los poderes fácticos que se benefician de ella. 
“El fútbol se lo robaron a la gente”, sentenció el flaco César Luis Menotti, entrenador del Barça en 1982-84, antes de serlo de Boca Juniors. La lucha de clases del fútbol la han ganado los ricos y la clase media apenas sobrevive. 
La primera vez que quise asistir con mi mujer a un partido en la cancha de Boca, se opuso radicalmente su padre, residente en Buenos Aires. Las señoras no iban a la Bombonera y mi suegro era de River. Tuvimos que negociar duro y “transar”, pactar. 
Desde 2013 a los partidos de futbol de Argentina solo pueden asistir los hinchas del equipo local. Los del equipo visitante tienen la entrada prohibida en los estadios para evitar enfrentamientos, que se trasladan al exterior. Por este motivo la final de la copa Libertadores se tuvo que jugar a doble partido, en los estadios respectivos. 
Las autoridades no le han puesto nunca remedio. La policía mostró de nuevo su inoperancia con motivo de esta última final, en vísperas de la apertura el próximo viernes de la cumbre mundial del G-20 en Buenos Aires (la primera que se organiza a Latinoamérica). Los jefes de Estado o de gobierno de veinte países de todo el mundo estarán seguramente más eficazmente protegidos que los seguidores de fútbol.

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