17 dic. 2018

Gran exposición de Antonello da Messina en Palermo, sobre todo por el escenario

El cartel de la exposición es terrorífico, un primerísimo plano de la cara de San Benito procedente del tríptico en que el pintor Antonello da Messina le retrató de cuerpo entero. Terrorífico y engañoso, porque aquel maestro del Quatrocento renacentista italiano pintó otras caras infinitamente más dulces, como la famosa Anunciación azul o el Retrato del marinero desconocido. Pero si dejamos de lado el cartel, la exposición abierta hasta el 10 de febrero merece el viaje a Palermo con entusiasmo. No solo para ver reunida la producción de Antonello da Messina, cedida por grandes museos europeos, sino por el escenario. El Palazzo Abatellis de la capital siciliana es un edificio eminente del gótico civil catalán que el maestro portulano Francesco Abatellis encargó el siglo XV para su mujer de origen barcelonés Eleonora Soler, la dulcissima coniuge recordada aun hoy en la lápida del portal. El estilo deseado por el propietario se inspiró en las mejores casas de Barcelona, ciudad a la que debía viajar para resolver asuntos burocráticos y poder comerciar. Les naves sicilianas exportaban grano, azúcar, algodón, seda, coral y esclavos. Las catalanas llevaban telas y manufacturas de cuero, armas (ballestas, corazas, dagas) y productos
agrarios como miel de Tortosa, aceite de Mallorca, arroz de Valencia, pasas de Alicante, arenques de Sevilla.
El Palazzo Abatellis fue restaurado después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial por el arquitecto Carlo Scarpa como Galería Regional Siciliana. Es uno de los pequeños museos más bellos del mundo, por la Annunciata del velo azul de Antonello da Messina que expone de forma permanente y el busto de Eleonora de Aragón, esculpido en alabastro por Luciano Laurana. 
En Palermo se pueden perder o bien recuperar muchas ilusiones. Estoy dispuesto a renunciar a unas cuantas con tal de poder acariciar de nuevo con la mirada las carnales cúpulas semiesféricas de San Giovanni degli Eremiti, sucumbir a la tentación lasciva de los cannoli con una copa de vino de Marsala en el Antico Caffè Spinnato o culminar mi personal ascensión de la escalinata del Teatro Massimo (la mayor sala de ópera de Italia y tercera de Europa), inmortalizada en la última secuencia de la película “El Padrino 3” con música de fondo del Intermezzo de la ópera Cavalleria Rusticana, una de las escenas más conmovedoras de la historia del cine (y de la música). 
En Palermo podría renunciar a casi todas las costumbres adquiridas, y regresar no que fuese tan solo por hacer una reverencia amantísima ante la Annunciata azul de Antonello da Messina, el busto alabastrino de Eleonora d’Aragona y la dulcissima coniuge para quien se construyó el Palazzo Abatellis. El cartel de la actual exposición antológica no me arredra.

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