14 feb. 2019

Tengo ahijado a este almendro silvestre en lo alto del Coll de Banyuls

Por el Coll de Banyuls los gobiernos de París y Madrid también hicieron pasar la raya de frontera estatal a raíz del Tratado de los Pirineos de 1659. Cuando la carretera alcanza la asequible cima, forma un mirador. Allí crece un almendro silvestre, aislado, hijo natural de alguna semilla errante llevada por el viento. Amo con predilección este árbol casual, indeseado, fruto de un regate de la naturaleza. Nadie lo ha podado ni educado nunca. Las cuatro ramas que surgen de la base crecen como quieren, aferradas al orgullo de la supervivencia a pesar de la falta de caricias, la incomprensión del mundo frente al bastardo, la crudeza del destino de una criatura desamparada que muerde la polvo con una dignidad natural que no tiene nada que ver con la
nobleza comprada o heredada.
Encarna un anhelo de belleza, una conjetura de la naturaleza, un presentimiento de estabilidad, un trozo espontáneo de verdad, una victoria humilde sobre la prueba del tiempo, una voluntad de entusiasmo justificada, una inspiración basada en hechos reales, un ejemplo del debate permanente de la mirada, un espacio indulgente frente al destino corrompido por el zarpazo de la muerte, una aliento regenerado, una hipótesis verificada, un salvajismo delicado, un florecoimiento en plena desnudez de la libertad.
Rebrota en un ejercicio de rigor y ternura sobre la tierra áspera, aunque aireada y clara, como una amabilidad de la naturaleza frente a la tierra yerta, el rictus de los demás árboles deshojados. Florece en pleno invierno como recordatorio luminoso de los mecanismos internos del ciclo biológico, de la reviviscencia que late en la aparente somnolencia invernal. Va a contracorriente para adelantarse.
Sus flores, despiertas como pupilas vivas, son el resultado de un pequeño milagro, el chisporroteo de un deseo cincelado por el viento. También pueden pagar muy cara la belleza impaciente, si se producen heladas tardías. Ir por libre siempre ha tenido un precio.
Albert Camus dijo en la narración Los almendros: “Cuando vivía en Argel, sentía todo el invierno una inquietud porque sabía que, en una noche, una sola noche fría y pura de febrero, los almendros del valle de los Cónsules se cubrirían de flores blancas. Me maravillaba ver como esa nieve frágil resistía todas las lluvias y los vientos del mar. Y cada año persistía apenas el tiempo preciso para germinar el fruto... Ante la enormidad de la jugada en que nos encontramos envueltos, es necesario tener muy presente, sobre todo, la fuerza de carácter. No hablo de aquella que en las tribunas electorales acompaña a las cejas fruncidas y las amenazas, sino la que aguanta todos los vientos del mar con su blancura y su savia. La que, dentro del invierno del mundo, hace germinar el fruto”.
Cada vez que paso por el Coll de Banyuls beso a mi almendro y escucho, abstraído, sonidos que nunca escucho. Le dedico unos instantes lentos, arraigados al margen de la lógica. Veo de repente el valle de Banyuls con el dibujo, el color y la carne de un cuadro de Giorgione.
Hace tiempo que conozco este camino, lo describí en mi libro de 1984 El Pirineu, frontera i porta de Catalunya cuando solo era una pista de tierra en mal estado, convertida en camino de contrabandistas. Debe parecer muy apartado al volumen de personas que transitan por La Jonquera y El Pertús, en cambio yo lo veo como una proa exacta de mi mundo, un microcosmos que me hace violentamente feliz. Lleva en germen una sangre muy antigua, lejana y honda. La vida interior de un paisaje, el genio de un lugar, es el resultado de interiorizar una visión de las cosas.

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