23 ago. 2019

A mi Empúries todavía me conmueve, qué le voy a hacer

Ayer comimos con unos amigos en la casa del Pedró de Empúries como en un templo grecorromano construido –y renovado— en el punto más preciso de nuestra historia, justo encima de las ruinas de la antigüedad y de aquel mismo mar por donde vinieron a comerciar fenicios, griegos, romanos y ahora los turistas. En el puntito infinitesimal de Empúries, los autóctonos empezamos a divisar el mundo, a relacionarnos con los demás, a vivir conectados en red, también a plantar cara y competir, a ser quienes somos, mezclados, herederos distantes de aquellos iberos, fenicios, griegos, romanos, visigodos y tal vez algunos musulmanes. Empúries es la proa exacta de aquel mundo, mi mundo. “Mirar el mar es mirar el todo”,
escribió Marguerite Duras en la playa normanda de Trouville, sin ignorar que el lugar era el Balbec novelesco de Marcel Proust. Resulta difícil imaginar una playa más distinta de Empúries que Trouville, sin embargo eso no quita el acierto de la frase. Cada uno tiene su mar, merecido o no. El mío es el de Empúries, como una perfusión del paisaje en el alma.
Me gusta montarme aquí mi duelo particular entre la lógica y el mito. El Mediterráneo es el mar de la historia, el más civilizado de todos, también el abismo de la desigualdad entre ambas orillas y, todavía en la actualidad el escenario de la auténtica tragedia griega de quienes huyen como pueden de la miseria.
Los griegos se instalaron en Empúries el año 575 aC, los romanos el 218 a.C. El condado de Empúries nació el año 813 y duró hasta 1402. Después la arena cubrió la ciudad abandonada. Los ingenieros forestales empezaron a exhumarla en 1896 para luchar contra las dunas móviles que invadían caminos, tierras de cultivo y núcleos habitados de la comarca. Los arqueólogos iniciaron en 1908 las excavaciones oficiales, que más de un siglo después solo han desenterrado y explicado un veinte por ciento del yacimiento.
Despertar la llama de la ilusión y la curiosidad por el mundo en las ruinas de Empúries, cambiar su densidad mineral por el músculo tenso de la imaginación, puede llegar a hacerme creer que se me aparece, en la corta lejanía del yacimiento, una velada diosa de la Razón en camisón de dormir. Perseguir la belleza cansa, pero perder el impulso de maravillarse significaría la esterilidad del deseo. Los retos se ganan de entrada contra los límites de uno mismo.
En ninguna otra parte del país hay ningún mar ni ninguna tierra más griega que Empúries, irradiada por la luz solar leonina, moteada por las matas de pinos, el plumero tornasolado de los olivos, el néctar de alguna higuera y el vacío dejado por los limoneros. A mi Empúries todavía me conmueve, qué le voy a hacer. Y tras una excelente comida y una larga sobremesa, con más razón.

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