Ayer comimos con unos amigos en la casa del Pedró de Empúries como en un templo grecorromano construido –y renovado— en el punto más preciso de nuestra historia, justo encima de las ruinas de la antigüedad y de aquel mismo mar por donde vinieron a comerciar fenicios, griegos, romanos y ahora los turistas. En el puntito infinitesimal de Empúries, los autóctonos empezamos a divisar el mundo, a relacionarnos con los demás, a vivir conectados en red, también a plantar cara y competir, a ser quienes somos, mezclados, herederos distantes de aquellos iberos, fenicios, griegos, romanos, visigodos y tal vez algunos musulmanes. Empúries es la proa exacta de aquel mundo, mi mundo. “Mirar el mar es mirar el todo”,
