23 oct. 2019

Entre la puesta de sol y el claro de luna, en el lugar de cada cual

Algunas revistas ilustradas de viajes, de inspiración mental americana y difusión internacional, han cometido la insensatez de establecer un ranking de las puestas de sol más acreditadas, sobre la base de la belleza fotogénica que les atribuyen. La pretensión resulta absurda, porque la dimensión afectiva de este espectáculo natural cotidiano va ligada a la predilección de cada cual por un lugar determinado, ya sea de raíz mítica o familiar. Algunos mitos son universales, las puestas de sol siempre son locales. Cuando el fenómeno alcanza la grandiosidad de aquellos cortos instantes, tan cotidianos y a la vez tan victoriosos, en
que el horizonte arde de modo natural y adopta el color palpitante de la naranja sanguina, merecería aplaudir. Nadie lo hace, salvo en los chiringuitos playeros de Ibiza, aunque tengo la impresión que allá el público y los disc-jockeys ya llevan la euforia colocada.
Dicen los cronistas latinos que cuando las primeras legiones romanas llegaron al Finisterre ibérico, fueron víctimas de un “religioso pavor” al ver el disco solar hundirse en las oscuras aguas del Atlántico. Los novelistas de best-sellers internacionales insisten, desde la literatura artúrica medieval, con la búsqueda del Santo Grial y los milagrosos poderes que esperan de él en caso de hallarlo. A mi me parece probable que el único Santo Grial localizable en este mundo se encuentre en las puestas de sol contempladas desde un lugar predilecto.
Salvador Dalí repetía, con la dosis correspondiente de provocación sincera: “La posteridad es que, después de muerto, todavía se hable de mi en el bar del Casino Sport de Figueres”. La posteridad no es más que ver anochecer charlando con amigos y una copa en la mano en el lugar preferido, entre la puesta de sol y el claro de luna.


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