24 nov. 2019

Un máster espontáneo de paisaje con Jaume Geli de Espolla

Actualmente la carretera general de Figueres a Portbou discurre por otras autovías, otras rotondas, otros parajes. Su antiguo trazado se ha convertido en la apartada carretera C-252 de Figueres a Peralada y Garriguella por el interior, a través de sembrados, viñedos y olivares. Es una carretera secundaria esencialísima para los amantes del paisaje como Josep M. Dacosta y yo, que ayer la recorrimos a paso de carroza. Nos apeamos del coche al pie del Puig de la Malaveïna. En aquel preciso momento Dacosta lanzó un grito para detener el jeep que pasaba, al ver que lo conducía Jaume Geli “Giró”, de Espolla, el guarda
desde hace más de cuarenta años del Paraje Natural de la Albera, quien se jubila en febrero próximo. Con aquel encuentro imprevisto ganamos la mañana.
Subimos al Puig de la Malaveïna, uno de los miradores afortunados de la comarca, con el horizonte  del golfo de Roses por un lado, la silueta del “obispo yaciente” que dibuja la cresta del macizo del Montgrí por el otro, y en medio los piemontes de la Albera y la pirámide del Puig d’Esquers. El terreno del mirador privilegiado se halla muy descuidado por los propietarios que cultivan un conocido vino que lleva su nombre. El hecho de que en verano organicen aquí pequeños conciertos de jazz con “maridaje“ de vinos no ha servido para limpiar la miranda fuera de aquellas fechas.
En esta loma panorámica dicen que se inspiró Jacint Verdaguer para escribir durante su visita de Semana Santa de 1860 el poema L'Empordà. En 1984 acogió el primer parque eólico de toda España (cinco generadores de doce metros de altura), que duró el tiempo de un suspiro.
El amigo Dacosta y yo somos modestos cazadores de paisajes (geográficos y humanos), como otros son modestos cazadores de setas. Pegar la hebra con Jaume Geli equivalió a cursar un máster en paisaje, aunque su método científico no siempre sea fácil de transcribir. Acto seguido acudimos al bar de la cooperativa de Garriguella para rendir honores a la mejor butifarra del mundo, con un vinito alegre de la tierra ue contribuye al estado de espíritu sin el que todo lo demás resultaría imperceptible. Las pasiones y los reflejos deben alimentarse siempre con un mínimo de dedicación y tal vez algún grito amistoso a pie de carretera para que se detenga el jeep del catedrático pronto emérito.

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