9 ene. 2020

Puestos a citar ahora a Manuel Azaña, hagámoslo correctamente

Durante el reciente debate de investidura cuatro portavoces de grupos parlamentarios han citado, en un sentido u otro, palabras del presidente de la II República, Manuel Azaña. El reconocimiento de la realidad histórica se ha visto acompañado por un flagrante desconocimiento del papel de Azaña como jefe del Estado, escamoteado durante décadas. El partido al que representaba (Izquierda Republicana) solo podía darle un apoyo minoritario y tuvo que practicar la cultura de coalición a regañadientes y con juego sucio contra sus aliados del PSOE, mayoritarios en el gobierno. La principal potestad del presidente de lav República era designar la persona encargada de
formar y presidir el gobierno. En mayo de 1937 sustituyó al socialista Largo Caballero por el también socialista Juan Negrín, con quien no dejó de enfrentarse.
La política de “Resistir es vencer” practicada por Negrín no pretendía ganar militarmente la guerra, solo pretendía mantenerla a la espera del vuelco presentido en el panorama europeo. En efecto, el estallido de la Segunda Guerra Mundial se produjo seis meses después del final de la Guerra Civil. El objetivo de Negrín era obtener un final pactado de la guerra, a través de las presiones de los gobiernos demócratas europeos, que no dejase a los vencidos a la completa merced de los franquistas. Solo el PCE le secundó políticamente hasta el final, las demás fuerzas lo dieron por irrealizable.
A escondidas del gobierno y en contra de la lealtad institucional, el presidente Azaña reiteró las gestiones diplomáticas para ofrecer al bando franquista otras condiciones de rendición de los republicanos, a pesar de que Franco repitió por activa y por pasiva que no deseaba ningún pacto. El célebre discurso de Azaña sobre “Paz, piedad, perdón”, pronunciado el 18 de julio de 1938 en el noble Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona, iba en aquel sentido.
Finalmente, Azaña abandonó España por La Vajol el 5 de febrero de 1939. Se negó a regresar, como le pedía Negrín, a pesar de que el gobierno republicano aun controlaba la capital y toda la Zona Centro-Levante-Sur.Si hubiera regresado a Madrid, como hicieron Negrín y otros responsables, Francia y Gran Bretaña no habrían reconocido diplomáticamente al gobierno de Burgos como único representante de España y acelerado de aquel modo la muerte de la República y la sanguinaria depuración posterior por parte del régimen franquista. Francia y Gran Bretaña lo hicieron el mismo día de la dimisión voluntaria de Azaña de su cargo, el 28 de febrero de 1939.
El biógrafo de Azaña, Santos Juliá, opina: “Franceses y británicos percibieron de inmediato que el plan del presidente no representaba las posiciones de su gobierno y que Azaña no tenía plena capacidad para recomendar en tanto que jefe de Estado una iniciativa de alcance nacional”. El profesor Ángel Viñas, en su abundante literatura sobre la contienda, concluye: “Tal vez Azaña, bien consciente de las implicaciones de su propia comportamiento en los días finales, exacerbó la importancia de la discordia interna. A pesar de todas las críticas que me ha dirigido mi buen amigo Santos Juliá, sigo pensando que el presidente de la República no obró correctamente”.

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