27 mar. 2020

Añoranza del noble arte de caminar, sencillamente caminar

Salía a caminar con frecuencia sin objetivo preciso, justo por oponer resistencia al aturdimiento, levantar el culo de la silla y los ojos de la pantalla del ordenador, convencido de que la silla o el sofá encogen el plexo solar, hacen bajar la cabeza y plegarnos sobre nosotros mismos. El ejercicio físico era una excusa inocente, una concesión higiénica frente a la nocividad del hábito de escribir, una actividad sedentaria que obliga a dejar de tocar de pies en el suelo durante largas horas, castigar el culo y la vista a cambio de una volátil pretensión puramente literaria. La literatura y los libros pueden ser necesarios, pero no son la vida. Durante aquellas caminatas procuraba no adentrarme en cuestiones fundamentales, solo polemizar de paso conmigo mismo,
parlotear en silencio sobre las distintas maneras de mirar el mundo, escuchar el tic-tac del corazón al ritmo de la respiración, ya fuese a paso moderado o bien al ritmo más vivo que lubrica las ideas y la irrigación sanguínea.
Las cosas no siempre tienen un argumento coherente, sin embargo la erosión del paso del tiempo no conduce a desear menos la vida. Pronto dejaba correr el debate interior, abandonaba los silogismos sobre el rendimiento improbable de la razón y retornaba al latido de la realidad.
Desde el libro de cabecera que sigue siendo Les reveries du promeneur solitaire (Los ensueños del paseante solitario), de Jean-Jacques Rousseau, la filosofía derivada del hecho de caminar ha conocido una moda incesante y producía novedades editoriales sin freno.
La versión superior del paseo era poder caminar y conversar al mismo tiempo con otras personas, dentro de una destilado a diferentes voces capaz de arreglar incontables veces el mundo, antes de que se desmontase de nuevo. Un día u otro caminaremos de nuevo sin cortapisas y lo reviviremos como una de las libertades individuales y colectivas más valiosas.

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