14 abr. 2020

Sobre confinados vocacionales, eremitas y tebaidas de privilegio

Personas que viven voluntariamente aisladas o confinadas siempre las hubo. Estos días aparece de nuevo en los diarios el caso de Montserrat Domingo, que vive sola por vocación desde hace cuarenta y tres años en la ermita de Sant Joan del Codolar, en el Priorat. También es cierto que la cantidad de eremitas o anacoretas de esta clase ha caído en picado, aunque los solitarios vocacionales no tanto, por más que ahora no tengan estatuto monástico reconocido. Los primeros siglos del cristianismo reconocieron una categoría superior a la de eremita o anacoreta, la de los estilitas. Se instalaban a vivir en lo alto de una columna para
preservar su aislamiento. Hoy resulta difícil de imaginar, sin embargo la vida de Simeón el Estilita en el desierto sirio está bien documentada (Luis Buñuel le dedicó la película Simón del desierto en 1965).
La comarca desértica egipcia de la Tebaida se hizo famosa entonces por aglutinar una gran cantidad de eremitas o anacoretas. Hasta el punto que actualmente el nombre común de “tebaida” designa en el diccionario cualquier lugar considerado alejado, áspero, salvaje (en la comarca del Bierzo, la llamada Tebaida leonesa ha sido declarada Bien de Interés Cultural).
Yo tengo mi  tebaida particular en el valle del Coll de Banyuls. En una ocasión Arístides Maillol llevó de excursión a uno de sus famosos amigos pintores de París hasta este valle, donde el escultor había nacido y le complacía trabajar en contacto directo con la naturaleza. Quedó sorprendido ante la decepción de su amigo: "Aquí comimos un conejo con Maurice Denis. Lo encontró triste. Dijo que era una tebaida. Estaba acostumbrado a Italia, donde las cosas son más relamidas, demasiado bellas. No están acostumbrados a esta naturaleza de aquí, no la entienden. Aquí es Sicilia, es Grecia"...
Aquella tebaida sigue siendo hoy un deliciosa mata de encinas bajo el Mas Cornet, en la bajada del Coll de Banyuls hacia las viñas verdes a orillas del mar. Me detengo en este punto cada vez para respirar la gota de un paraíso terrenal posible y concreto. El aire fluye con una melodía dulce, el silencio hace como de abrigo y la sombra invita a amarla con los dedos... No le encuentro nada de lejana, áspera ni salvaje. Tenía razón Maillol, es de una belleza más griega o siciliana que toscana, pero eso no me parece ningún demérito, sino un título de nobleza.
He recorrido durante largos años la Toscana, Sicilia, Grecia. Por eso convengo con Maillol que el valle de Banyuls sostiene perfectamente la nota, con el mérito añadido de la sobriedad, el recogimiento, casi el anonimato. Nunca logré encontrar a la palabra “tebaida” el sentido que le da el diccionario. Reconozco asimismo que no a todos mis amigos que conduzco hasta aquí les hace vibrar como a mi.

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