18 may. 2020

La punta del cabo de Creus concilia el infinito y un balcón

El cabo de Creus es pleno Pirineo, un paisaje pirenaico a la orilla de mar, el extremo que agarra la cordillera en un puño y la deposita sobre las olas, el brinco impulsivo que da la cadena en el momento de zambullirse en el Mediterráneo con la intención de nadar cuatro brazadas y en seguida ponerse a hacer el muerto sobre la superficie del agua. La vastedad y el vacío cohabitan dentro del carácter de la punta más oriental, más al este, de toda la Península Ibérica. Abierta a los cuatro vientos, proporciona paradójicamente una sensación de recogimiento entre lo humano y la naturaleza, de conciliación entre el infinito y un balcón. El nombre del accidente geográfico designa dos cosas distintas. Por
un lado, la amplia península en forma de flecha que se adentra diez kilómetros en el mar y engloba varios municipios litorales o inmediatamente interiores. En segundo lugar, la punta de la flecha, el cabo propiamente dicho, una explanada desamueblada que contiene tan solo dos construcciones, aunque ambas sean de carácter fuerte: el faro y el antiguo cuartel de carabineros ahora convertido en hostal.
Pertenecen al término de Cadaqués, cuyo núcleo se halla en una remota lejanía de siete kilómetros que solo se recorren por voluntad expresa de desplazarse hasta esta extremidad vaga, este finisterre de paisaje lunar en que la geología y la meteorología bailan una mazurca animada. Si Cadaqués es un pueblo insular alejado de todo, la punta del cabo de Creus lo es más todavía.
La construcción del faro data de 1853, el cuartel de 1914. Ambos edificios son la única huella humana en la punta del cabo, dos rastros de pie grande, como corresponde al temperamento ciclópeo del lugar. El paisaje e presenta aquí como el día de su creación, indiferente y solitario, salvo en horario turístico circunscrito a las horas del mediodía, si hace buen tiempo.
Las personas que tienen una idea decorativa de la naturaleza encuentran que este lugar aventado ofrece una geología descalabrada. Les inquieta porque les desafía a desprenderse de los adornos habituales y entenderse con la desnudez. A mi, en cambio, nada más llegar se me dibuja una sonrisa en los labios y comienzo a sentir un hormigueo en las piernas. No todo el mundo se encuentra cómodo aquí, por la misma razón que algunas personas prescinden de los pantalones con una disposición, una rapidez y una práctica muy consolidadas y otras no dan a torcer la corona de espinas de lo que entienden por buenas formas ni para morirse.

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