1 may. 2020

Mi reino por poder ir a coger un ramo de tomillo en flor

Estos días está floreciendo el tomillo. Dicen que el del cabo de Creus tiene una fragancia más intensa y al mismo tiempo más delicada que ninguna. Es probable que digan lo mismo de muchos otros lugares, yo elijo este y me gusta creérmelo. Frotarse las manos con una ramita de tomillo de aquí y acto seguido acariciarse la cara equivale al mejor perfume del mundo. Sirve para aromatizar los pescados al horno o a la brasa, igual que el romero o el hinojo marino. El “Sorbete de flores de tomillo” que elabora Jaume Subirós en el restaurante del Almadraba Park Hotel de Roses, en plena península del cabo de Creus, no ha sido superado ni lleva trazas
de serlo en un futuro previsible. En el volumen Aigua de mar Josep Pla habla de “las tierras muertas del cabo de Creus” y creo que se equivoca o no precisa lo suficiente. Son tierras de mineralogía a flor de piel, descalzadas de la capa de grasa usual, sin el humus aluvial de los llanos y los deltas. Se hallan desforestadas, no muertas. Su diversidad arbustiva es desbordante. El mar de abrojos, maquias y carrascas muestra una heroica tenacidad vegetal.
La vegetación arbórea no es la única posible, también existe una riqueza vegetal a ras de suelo, módica pero vivaz. La forman especies menudas, de mata achaparrada, como una tenue idealización dentro de las circunstancias dadas. Las especies vegetales que se multiplican en el cabo de Creus saben que el antónimo del hecho menor no es la grandeza, sino la grandilocuencia. La fuerza de las pequeñas cosas es la limitación, hacer de la limitación un arte de vida frente a la vanidad general.
El tomillo es capaz de ser una planta roquera, el romero puede alcanzar la altura de una persona o bien crecer agazapado en puntos batidos de lleno por el viento, igual como la lavanda, la aulaga el lentisco, la estepa, los cojines de monja punzantes, etc. La frecuencia y la fuerza de la tramontana dobla como una cuchara los rebrotes de los pinos y peina con cresta las aristas de la piedra, sin embargo no arrasa los arbustos. La flora del cabo de Creus se permite el lujo de tener una especie exclusiva llamada Sèseli ferreny (Sesell aleatum subsp. Farrenyii), una rara joya botánica de flor blanca que atrae visitas de especialistas de todo el mundo.
En la obra de Shakespeare Ricardo III el monarca, descabalcado en el campo de batalla y con la partida prácticamente perdida frente al pretendiente Enrique Tudor, intenta levantarse de nuevo y exclama en pleno fragor de la acometida: “¡Un caballo. ¡Mi reino por un caballo!”. La frase ha pssado al lenguaje corriente. Estos días daría  mi reino por poder ir a coger un puñado de tomillo florido y venteado, aquel que crece como un privilegio de la naturaleza entre las rocas poderosas del cabo de Creus.

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