30 jul. 2018

Tres razones me han llevado a la comarca alemana de Brisgovia

La comarca alemana de Brisgovia (Breisgau), situada en la esquina del mapa germánico que linda con Suiza y Francia, al pie de la Selva Negra y del Rin, suma lugares de renombre como la localidad balnearia de Badenweiler, donde la estancia del escritor ruso Antón Chéjov es recordada con el nombre de una plaza (en la foto), la villa de Staufen, la capital universitaria de Friburgo y el pueblito de Sulzburg. La comarca es conocida como “la Toscana alemana” por el clima benigno y la extensión del viñedo. Tres motivos me llevaron hasta ahí el pasado fin de semana. Uno es conocido: en Staufen murió hacia 1540 el doctor alquimista Johann Georg Faust, cuya leyenda dio pie al libro de Goethe y al de Thomas Mann. Uno de sus experimentos químicos le estalló en la cara y murió trágicamente en esta ciudad. Previamente había vendido el alma al diablo a cambio del conocimiento ilimitado y los placeres mundanos, pacto fáustico que ofreció mucho juego en la literatura romántica, en un momento de traspaso entre el oscurantismo medieval y la era de la Razón. El
segundo atractivo se halla más oculto y resulta difícil de creer si no se ve con los propios ojos. El coleccionista alemán Konrad Steinhart y su hijo Axel Steinhart han acumulado más de 500 bandoneones, una parte de los cuales se expone en el museo único en el mundo de Staufen, gestionado por el director de la escuela municipal de música Joachim Baar. 
El bandoneón es un instrumento inventado hacia 1835 en Alemania por Heinrich Band como órgano o armonio colgado al cuello para que las pequeñas iglesias del país pudiesen acompañar los oficios, procesiones y fiestas. En Alemania no arraigó. Su llegada a Argentina y la conversión en elemento característico de la musicalidad del tango forma parte del aluvión de influencias, en un país donde la mayoría de la población no desciende de linajes autóctonos. Los argentinos “descienden del barco”... 
En Argentina nunca fabricaron bandoneones, todos procedían de Alemania, donde no lo tocaban pero lo fabricaban para exportar. La especialidad argentina siempre fue restaurarlos y, sobre todo, añadirles en el momento de la reventa mucha historia oral sobre las proezas del anterior propietario. 
Alrededor del museo del bandoneón de Staufen no hay ningún bandoneonista en activo. Mejor dicho, ahora hay una, mi amiga Almut Wellmann. Estoy seguro de que pronto habrá un puñado y se materializará su sueño de dirigir aquí una orquesta de jóvenes alumnos de la especialidad. 
Ella y su marido Miguel Chimienti son la tercera razón que me ha llevado a Brisgovia. He realizado el viaje en compañía de otro bandoneonista argentino residente en Barcelona, Juan Carlos López, así como de Clemente Gómez, eficiente organizador de la expedición. Viajar con amigos para visitar a más amigos es jugar sobre seguro.
Almut y Miguel residían hasta hace poco en Barcelona y ahora lo hacen en Sulzburg. He acudido a visitarles por amistad, pero también con un secreto interés. Deseaba tentar la suerte y ver si en algún momento propicio de la estancia en su casa Almut se avenía a agarrar el bandoneón e interpretar en privado, cara a cara, alguna de las pequeñas maravillas de J.S. Bach que tiene grabadas en su disco del 2010 Bach y tango.
En efecto, empuñó el bandoneón y tocó el “Preludio BWV 926” mientras yo secaba discretamente en la comisura de los ojos la lágrima que genera el contacto con la belleza encarnada en la proximidad, irrebatible y viva. Le añadió el tema de Astor Piazzolla “The Rough Dancer And The Cyclical Night”, como para evidenciar que el talento musical se regenera después de Bach, así como el tango clásico (en tiempo de vals) “Romance de barrio”, que ella borda. Juan Carlos López, por su lado, tocó el tango “Tiempos viejos” y el vals “Pedacito de cielo”, que borda igualmente. 
Fue un instante de pureza crepitante de la amistad, de elegancia moral de la humildad, de nobleza de la hospitalidad durante el espacio de un suspiro, un parpadeo. Acto seguido salimos a pasear por la Selva Negra, con Bach y el tango en el oído. Mientras discurríamos sobre la naturaleza humana y los sentimientos generales, Almut me  tomó la foto adjunta, visiblement feliz, en la plaza de Badenweiler que lleva el nombre de Chéjov.

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