La comarca alemana de Brisgovia (Breisgau), situada en la esquina del mapa germánico que linda con Suiza y Francia, al pie de la Selva Negra y del Rin, suma lugares de renombre como la localidad balnearia de Badenweiler, donde la estancia del escritor ruso Antón Chéjov es recordada con el nombre de una plaza (en la foto), la villa de Staufen, la capital universitaria de Friburgo y el pueblito de Sulzburg. La comarca es conocida como “la Toscana alemana” por el clima benigno y la extensión del viñedo. Tres motivos me llevaron hasta ahí el pasado fin de semana. Uno es conocido: en Staufen murió hacia 1540 el doctor alquimista Johann Georg Faust, cuya leyenda dio pie al libro de Goethe y al de Thomas Mann. Uno de sus experimentos químicos le estalló en la cara y murió trágicamente en esta ciudad. Previamente había vendido el alma al diablo a cambio del conocimiento ilimitado y los placeres mundanos, pacto fáustico que ofreció mucho juego en la literatura romántica, en un momento de traspaso entre el oscurantismo medieval y la era de la Razón. El
