28 ene. 2020

Los colores grises de París son de otra clase de gloria

Los grises invernales de París suelen a presentarse con el velo de humedad del clima atlántico, sumado a la capa de contaminación atmosférica que destiñe  el aire de la capital. Sin embargo algunos días selectos luce un rayo sol que incita los grises parisinos a adoptar, exaltados por un ímpetu biológico, un tono trémulo y efusivo. Si llueve es preciso refugiarse en el interior del Louvre para contemplar desde los ventanales los jardines de las Tullerías, acudir a alguno de los conciertos gratuitos de órgano en la nave gótica de la iglesia de Saint-Merri o encerrarse en la habitación del hotel a practicar yoga o lo que sea con libertad,
igualdad y fraternidad. Y, sobre todo, saber esperar. Después de la lluvia los colores grises suben siempre de un tono. Tal vez un semitono, pero suben sin excusa.
El color gris posee una reputación triste por alguna razón incomprensible. La grisura se utiliza equivocadamente como sinónimo de falta de carácter, monotonía o mediocridad, como un equivalente del blanco sucio o el medio luto, un tono nebuloso, apesadumbrado, indeciso, lívido, melancólico, plomizo. Todo eso es un error, un vulgar error.
En realidad se trata del color de matices más numerosos, sutiles y elegantes. Valorar el espectro del gris representa un arte mayor: el gris perla casi transparente, el gris charolado, el gris humo, el gris de asfalto, el gris metálico del estaño... Es el color del reverso de las hojas de olivo y el de la ciudad de París, con eso debería bastar para per rebatir la infundada leyenda gris.
La vena poética del color gris adopta en París una ilusión propia, visto a contraluz como una forma de poesía, un estado de sugestión de la mirada. La humedad atmosférica hace variar la dispersión de la luz y las condiciones de nuestra percepción. Hablar de días cubiertos o lluviosos es poco exacto en el clima atlántico,  ya que dentro de un mismo día pueden cohabitar nubes de gravedad muy desigual con lloviznas, trombas y también volubles claros soleados. Son grises de otra clase de gloria.

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