23 dic 2020

Exploración titánica de marcas y etiquetas de vino en su laberinto

El mundo del vino se caracteriza por el confusionismo entre denominaciones, marcas y variedades, una dispersión muy atomizada de etiquetas entre las cuales las verdades básicas se ven ahogadas por la publicidad encubierta y la desorientación forzosa del consumidor, quien se desplaza a tientas por el laberinto de la oferta infinita, en busca de su pequeño tesoro o al menos de una satisfacción digna. El laberinto no equivale a la riqueza del vino, sino de la industria del vino. A algunos les complace como quien juega con un puzzle de miles de piezas, a la mayoría les arrastra a elegir de forma aproximativa y azarosa, según el sistema de pagar primero y abrazarse después al recurso de la lotería
El vino es por naturaleza un producto localista, derivado de condiciones de cultivo y elaboración muy variables. La cantidad de matices que entran en juego no ha buscado una manera sintética de explicarse al público, todo lo contrario. Poder elegir con conocimiento entre denominaciones, variedades y bodegas o marcas no debería ser un reto de exploración titànica.
No se trata de reducir el vino a pocas categorías claramente identificables, pero tampoco alejarlas de una mínima armonización comercial de denominaciones geográficas, categorías y añadas. Estos tres factores básicos (junto con la predilección de cada cual) se han visto ahogados por una constelación de argucias comerciales.
Toda complejidad –y el vino es una de ellas, por fortuna—puede tener un enunciado comprensible. El confusionismo goza de más prestigio que el valor básico del milagro que representa la fermentación de cada jugo de uva criada en un terreno determinado. Una vez dicho esto, me voy a Vila Viniteca a comprar por 12,55€ una botella de Alta Vista Premium Bonarda 2016 (tinto de cepa bonarda criado en la región argentina de Mendoza) que sé que no me fallará y atisbaré los Andes.


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