Ayer nos acercamos a Millars, a 20 km de Perpiñán, para satisfacer la pulsión golosa, pascual y jubilante de comer “bunyetes” como si se tratase de un reflejo casi fisiológico, una segregación de la memoria, una experiencia de base emotiva, una certeza antigua capaz de interpretar la vibración de la vida y el instinto de supervivencia del mito. Para cualquier amante del Rosellón las “bunyetes” de Pascua son como la magdalena de Proust mejorada, un impulso antiaging, una inclinación de la expresividad parental que durante el resto del año dormita entre la ceniza para mantener le energía subyacente. Equivalen más o menos a los buñuelos ampurdaneses de las mismas fechas, a los “crespells” del Vallespir, Cadaqués y las Baleares, a