Me pesa en el estómago, como una injusticia imperdonable, haber estado una sola vez en Montevideo. Aquellos pocos días me inocularon una atracción que no ha cesado de crecer. A raíz de algún enésimo viaje a la vecina Buenos Aires, hice una incursión casi de refilón a Montevideo con el Buquebús, desde la otra orilla del estuario del Río de la Plata que comparten con armonía variable los dos países limítrofes y tan distintos. Me alojé en un hotel de la rambla montevideana, el paseo marítimo que festonea la ciudad a lo largo de doce kilómetros. Con el solo gesto de correr la cortina del balcón de la habitación, la primera visión de la bellísima bahía urbana me
