Una de las primeras cosas que me gusta hacer al llegar a Girona es entrar en alguna de las pastelerías de mi recorrido, comprar un xuixo barroco, voluptuoso y luciente recién frito y comerlo con toda la delicadeza posible mientras camino contemplando vitrinas y saludando a algún amigo o conocido que pasa. Después me recompongo con la servilleta de papel los labios azucarados, echo un vistazo circular a la parte más florentina de la ciudad y doy gracias a los gloriosos artesanos reposteros de “las dulces” en general y del xuixo en particular. Observo durante unos instantes los mil matices de la manera de vivir y me entretengo en discernir los colores del cielo y hacerme confidencias. Los famosos xuixos de crema de Girona pierden gracia y sabor fuera de esta ciudad (salvo en el caso de la pastelería Girbal de Palafrugell o Can Batlle en Torroella de Montgrí). Aun añadiría que ganan al comerlos caminando
