La última edición de la Good Pub Guide establece que en el Reino Unido operan 49.500 pubs, que cierran 1.400 cada año y que durante el próximo trienio desaparecerán 4.000 por falta de adaptación al mercado. En vez de alarmarse por ello, lo celebra. Insinúa que esta institución debe ponerse al día o morir. El argumento me causa una cierta desazón, porque solo recorta por abajo. El popular bar de la esquina en las ciudades y pueblos ingleses constituye una tradición que yo creía solidísima y a la que siempre he rendido firme devoción, aunque con grandes dificultades iniciales. Lo primero que intenté cumplir al llegar de visita debutante a Londres en 1969 fue tomar una cerveza bitter o ale en un pub, la segunda visitar la tumba de Marx en el cementerio del barrio de Highgate y la tercera, si se terciaba en algún momento, asomarme a los grandes almacenes Harrods. La más complicada de todas resultó la primera. Me llevó a entender, sorprendido y desarbolado, la diferencia cultural que nos separaba. La libra esterlina aun tenía 20 chelines y 240 peniques, no los prosaicos 100 peniques impuestos por la decimalización dos años más tarde. Las cosas se medían o se pesaban a la
