Llevo días dando vueltas inútilmente al motivo por el que me asalta cada año en algún momento el recuerdo afectuoso e interrogante del Met de la Muga, el hombre de montaña más puro, informado, humilde, acogedor, esclavizado y a la vez libre que he conocido, un personaje anónimo que dejó huella. Toda su vida fue una peregrinación como trabajador por las masías de los remotos y lujuriantes valles de la cabecera del río Muga, en la frontera entre las comarcas del Vallespir, la Garrotxa y el Ampurdán, presididas por el altivo Puig del Bassegoda, hasta poderse asentar relativamente como encargado del molino de la Muga de Dalt. Literalmente
