Sobre el tronco de este pino retorcido junto a la entrada del moderno Museo Arqueológico de Atenas, construido al pie de la Acrópolis, sorprendí a dos tórtolas en pleno cortejo nupcial, diminutas y a la vez pomposas, esbeltas, momentáneamente suspirantes y atolondradas. Se aparejaban con satisfacción juguetona, se dejaban tentar visiblemente por los alicientes de la vida en común a pesar de la volatilidad de los sentimientos. Frené el paso para observarlas, situadas por una vez a la altura exacta de mi vista. Intercambiamos la mirada. Me pareció ver cómo titilaba en el puntito de sus ojos vivos una ilusión, la chiribita de un sueño. Quizá solo fue una impresión mía, sin embargo la encontré de una vivacidad precisa y