Durante años no cesé de preguntarle con la fe del carbonero a Albert Barris, cada vez que entraba en el restaurante de Ca la Maria de Mollet de Peralada, si sus extraordinarios pies de cerdo venían cocinados con los legendarios nabos negros del vecino municipio ampurdanés de Campany o bien con nabos blancos sin atributos de procedencia. De hecho sabía por adelantado la respuesta, aunque él me la repetía igualmente con un aire resignado. El delicioso nabo negro de siempre (negro per fuera, blanco por dentro) había degenerado por culpa de una plaga que lo carcomía, solo llegaba con el frío, era preciso repelarlo mucho, en seguida parecía maderoso al paladar, aunque desprendiese un perfume incomparable. O sea
