No siempre he sido mañanero, últimamente sí. La primera claridad me despierta la avidez de mirar el mundo. La misma atmósfera que la noche anterior me parecía agotada, comparece por la mañana llena de promesas, acogedora como una sabana limpia, barnizada con colores nuevos que se ofrecen a ser compartidos. La primera luz me produce una sensación de pequeño prodigio cotidiano, me lleva a esbozar una sonrisa, avivar el paso, acoger la caricia del sol con un saludo celebratorio y sentir la esperanza activa de no llegar al atardecer defraudado. El primer sol mañanero me inspira confianza, como una garantía de continuidad regulada desde más arriba que las veleidades de las reglas humanas. Ninguna otra hora del día tiene los