El diario ABC de Sevilla me contrató como estudiante de periodismo en prácticas en su redacción central de la capital andaluza cuando yo no había cumplido todavía dieciocho años. Llegué con el empuje del cachorro y la resaca del Mayo que la historia del siglo XX escribe con mayúscula. No imaginaba que aquel mismo verano escucharía repicar de nuevo las campanillas del teletipo para anunciar otras noticias de las hacían parar las rotativas, como la invasión de Praga. Históricamente podía ser muy importante, pero vivido en la redacción de guardia nocturna del diario representaba un incordio que impedía terminar a la hora. Después de cenar era preciso apresurarse para cerrar las últimas páginas de la edición del día siguiente. Los colegas más