Ayer fui de paseo al monasterio barcelonés de Pedralbes y, situado en el claustro, quedé embobado ante una magnífica nube algodonosa casi detenida en el cielo victorioso de primavera, como si esperase morder al Dios severo de las alturas. Me entretuve con esa visión espontánea, hasta olvidar toda la monumentalidad restante, a los demás visitantes y a las ocho monjas clarisas que lo habitan. Me entretuve un largo rato, acodado en la baranda del claustro. El contorno perfectamente dibujado de la nube, de un perfil pictórico impresionista sin perífrasis, me pareció dotado de mayor contundencia poética, conmoción imaginativa, potencia evocadora, energía formal, densidad emotiva, relevancia simbólica, intrepidez mental, tono
