La gama de tonos ocres del intonaco o estucado que reviste las fachadas del centro urbano barroco de Roma se acerca mucho al color variable del bronceado de la piel humana. Más que una técnica de revestimiento, es un un maquillaje que pone de relieve la relación trabajada con el buen gusto, una muestra de la sabiduría de ejercer el encanto desde la primera impresión aparente. El encanto debe saber apreciarse de cerca y, a poder ser, desde dentro. La belleza a veces se deja poseer. Así, pues, el estucado romano dista mucho de ser solo una técnica de revestimiento. El color de la Roma barroca protagonizado por el intonaco de las fachadas ha constituido un leitmotiv de los esfuerzos descriptivos de algunos escritores. Sin embargo escribir no puede describir todas las sensaciones, muchas veces constituye un sucedáneo cojo de lo visto, sentido, palpado. Por eso el color de las fachadas barrocas de Roma es un símbolo de la belleza de la ciudad, porque conserva con orgullo y eficacia la riqueza comprobada de lo inexpresable, la supremacía de lo vivido sobre lo escrito. Algunas bellezas se resisten a dejarse escribir porque el trato que creen merecer debe ser más intencionado que una técnica
