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12 may 2018

A veces nos escapamos hasta la casita del Montseny, justo por mirar

Las recientes lluvias primaverales y el sol reaparecido llevaban ayer al Montseny a relucir con una juventud clorofílica refulgente, arrebatada. A veces Amadeu me invita a acompañarle para contemplar el espectáculo y charlar en su casita de madera, perfectamente orientada en uno de los palcos de honor del macizo, en las Rouredes de can Ridaura. Se trata del antiguo pabellón de Noruega de la Exposición Internacional de Barcelona del 1929, comprado tras el certamen, trasplantado intacto por su padre a un punto solitario del Montseny y mantenido con mucha dedicación hasta hoy. Una vez allí solemos charlar de literatura y de chismes relacionados con esa vaga inclinación. Él sabe crear el clima propicio para interrogar al interlocutor,