Me apetecía volver a ver sobre el escenario al actor y director franco-español Ariel García-Valdés –que vivió una recordada etapa barcelonesa en el Lliure y el TNC—y creí que una nueva versión del clásico “Ivanov”, de Antón Chéjov, en el Théâtre de l’Odéon parisino constituía una ocasión golosa. Asistí a la representación del pasado viernes y me aburrí mucho. El Odéon, especializado en montajes teatrales internacionales más innovadores que los de la vecina Comédie Française, no es el de los tiempos gloriosos dirigidos por Giorgio Strehler y a continuación por Lluís Pasqual. La dirección de este “Ivanov” resulta insustancial. Al protagonista masculino, en el papel de hombre inapetente, ni se le oye. La protagonista femenina, confiada en su popularidad cinematográfica y televisiva en Francia, se libra al cabotinage, a la actuación sin genio. Ariel García-Valdés, en el papel de conde Chabelsky, recurre a la extroversión –por no decir al histrionismo-- de “característico” franco-español. La puesta en escena es de una platitud impropia de la casa. El montaje consigue hacer a Chejov ininteligible y laminar la viveza del teatro en una sala legendaria. En cualquiera de las concurridas esquinas del Barrio
