6 mar. 2012

El prodigio incierto de la luna

Confieso dedicar algunas noches a embobarme ante el fulgor de la luna sobre el espejo del mar, festoneado por los rizos de las caracolas de espuma. Las noches de luna aun me despiertan un punto de ilusión, me ayudan a encontrar una sensación de conciliación con el lamento de la huída de los días. Contemplo la albúmina de esas noches como quien escruta un prodigio incierto, voluble, poco puntual a las citas, pero de una
inconstancia digna de crédito. La luna tiene noches de gloria y también noches anónimas, de una indiferencia casi científica. Me entretengo remirándola y me repito unos versos sedimentados en la memoria:
Che fai tu, luna, in ciel? dimmi che fai 
silenziosa luna? 
Ancor non prendi a schivo, ancor sei vaga 
di mirar questi valli?
La luna tan solo contesta con su brillo indescifrable, con su dulzura sobre la ondulación del mar mientras gira la noche. Ya sé que la luna real, desprovista de atmósfera, de viento y de erosión, abandonada incluso por los astronautas, tiene una cara oculta más sombría. Ya sé que se halla cubierta de desiertos de polvo, agrietada por mares secos y cráteres cenicientos, que su efecto gravitacional generador de mareas no se aplica del mismo modo a las personas y que el influjo de su luz es el reflejo de la energía ajena del sol. Todo eso no me importa, me parece un grado de impostación o de dependencia compatible con el mío. No pretendo explorarla ni redimirla de nada, solamente compartir con ella algunas noches, lo más comprensivas posible.

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