16 jul. 2012

Canigó: DNI francés y ADN catalán

Que el macizo del Canigó acabe de recibir el estatuto de paraje protegido “Grand Site de France” recuerda que no se trata de una montaña fronteriza, sino situada completamente en Francia desde el infausto Tratado de los Pirineos del 1659, aunque la visión familiar y totémica que todos tenemos de él prescinda de esas delimitaciones sobreañadidas. El Canigó tiene hoy DNI francés, pero su ADN no lo discute nadie. Se le puede atribuir una lógica histórica, paralela al corriente literario romántico que valoraba las tierras encantadas de la alta montaña. El paisaje siempre ha necesitado de la cultura para ser descifrado, algo de
poesía deliberada para ser valorado y lograr resucitar como Lázaro.
En rigor científico, el pico del Canigó tiene unos atributos de altitud moderados, no alcanza la condición de un “tres mil”, ni tan solo los 2.900 metros del Carlit, el Puigmal, el Comapedrosa, el Puigpedrós... Ahora bien, ¿quién le discutiría la preeminencia? Su grandeza no se basa en las cifras, sino en la percepción indecible y deleitosa de los humanos a propósito de un macizo que se levanta solitario entre las dos grandes planicies del Ampurdán y el Rosellón, a proximidad del Mediterráneo y de las rutas de comunicación que lo flanquean desde la época de la Vía Heráclea y la Vía Augusta. Uno de los principales observatorios de esa atracción es, actualmente, la autopista que sigue el mismo trazado. La comparecencia del macizo alegra la visión del paisaje ya des de la altura de Maçanet de la Selva, al azar de los lazos de la ruta, de la meteorología del día y el tedio de la conducción al volante. 
En verano los colores grises, azulados o morados de la geométrica mole montañosa, apenas nimbada por un velo de bruma, son de una elegancia suntuosa y cósmica. En invierno el brillo de la nieve excitada por el sol da al macizo un fulgor diamantino, una vitalidad anímica sin tara. La aparición del Canigó magnifica el telón de fondo del horizonte, lo incentiva, lo aproxima, lo evidencia. Actúa como un reactivo contra los días espesos y fantasmales, contra los sentimientos nebulosos y los cielos achicados. 
La aparición del macizo en el escenario depende de la tramontana, por eso su condición totémica recae dentro de una lógica visual. La luz jubilar de tramontana es quien hace comparecer al Canigó en el horizonte. Acostumbran a ser días gratificantes por su dibujo del color de las cosas, unos colores secos, tónicos y abrillantados, cuando la claridad excitada del aire invita a palpar la turgencia de las formas de la vida, al menos entre quienes entre tenemos propensión a mirar de vez en cuando el mundo con el temblor inocente de la ternura. Esos días de luz excepcional logran que vuelvan a manar las fuentes del deseo y lo desentumecen. No generan por sí solos el sentimiento de felicidad, pero de algún modo lo esperan, lo intuyen, lo huelen. Son días escasos en que el paisaje tiene la desvergüenza de dejarse mirar como el pequeño parnaso posible de un cuadro de Tiépolo y fomenta la salivación pavloviana de poseer las cosas, la ilusión de mirar el cielo lavado, encantarse con el vuelo elegíaco de los vencejos y creer hallar en tales aleteos un pequeño tesoro, con el Canigó como majestuoso telón de fondo. Que ahora tenga el estatuto legal de “Grand Site de France” es una mera obviedad retrasada. Para los catalanes hace mucho tiempo que es un lugar totémico y sin Estado.

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