4 mar. 2013

Todo el Louvre por una ventana

Siempre me ha parecido discutible la asentada costumbre de ir de museos al visitar una ciudad, como si formase parte del inevitable circuito establecido. Yo no lo hago. Una vez visto el museo de cada lugar, generalmente solo vuelvo a visitarlo si tengo un motivo preciso y renovado, no por costumbre. Excepto el Louvre, el único al que regreso siempre, invariablemente, con motivo preciso o sin él. El museo más importante del mundo por sus colecciones representa un espectáculo en sí mismo y uno de los mejores paseos parisinos, al margen de las piezas eminentes que contiene y las exposiciones que organiza. Las piezas ya las conozco, pero
el recorrido del Louvre se renueva siempre con un envidiable dinamismo y éxito de público (el pasado año batió su propio record de 10 millones de visitantes anuales). De mañanita acudo a la cola de entrada, antes de que abra las puertas, cuando en pleno invierno parisino comienza a clarear  bajo una temperatura impertinente. La pirámide de acero y vidrio inaugurada en 1989 en el patio central de este antiguo palacio real con la función de nuevo vestíbulo de acceso al museo ya se ha convertido en insuficiente para canalizar con fluidez el volumen de visitantes. Cuando finalmente acabo por entrar, experimento una satisfacción ganada con algo de esfuerzo y por lo tanto doblemente gratificante. Echo un vistazo por encima a la Victoria de Samotracia, a la Venus de Milo o a la Gioconda. Me fijo con mayor interés en las dos cosas que me llevan a regresar al Louvre: el ballet de visitantes fascinados y, sobre todo, la vista al exterior que ofrecen los ventanales. Esas altas cristaleras asomadas al aire libre de los jardines de las Tullerías son la obra de arte que más me conmueve, la que me empuja a volver. Los 200 millones de euros de presupuesto anual del Louvre (100 del Estado francés y 100 de ingresos propios y mecenazgo) incluyen el mantenimiento de los jardines de las Tullerías. Claro, son su pieza maestra.

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