23 ago. 2013

Piazza Navona, para salvar imperiosamente la fe en algunas cosas

El número de agosto de mi querida revista Bell’Italia incluye un amplio reportaje con despliegue infográfico sobre los atractivos de la Piazza Navona de Roma. Me ha llevado a recordar con excitación que algunos amantes de Italia no vamos exactamente a Roma, sino a Navona. Solo en el momento de tomar posesión cutánea de esta plaza y consumir el primer espresso en la terraza del bar Tre Scalini siento que he llegado, percibo el preludio de una sintonía y experimento la sensación que ya no será necesario decir nada más. Toda la Roma con la que me dispongo a intimar se halla compendiada aquí. Me gusta pensar que la primacía de Navona no viene dada solo por el decorado magistral, sino por el acierto de mantener hasta hoy el
carácter de ágora, de lugar de confluencia instintiva, de intercambio natural de presencias, divagaciones y miradas. Es bien sabido –o tal vez no—que la gente se encuentra cada vez menos, y cada vez menos espontáneamente, lo que refuerza la excepcionalidad de este pequeño mundo llamado Navona, ya sea al resol acariciante del invierno o a la sombra morosa del verano. Si Roma es una ciudad para pasear y civilizarse, Navona es una ciudad para sentarse y civilizarse.
La masificación turística conduce hasta aquí en temporada alta a una corriente impetuosa de gente, flanqueada por los solícitos satélites de engañabobos. La gama de “servicios” propuestos al turista incauto en el territorio navonés es prolífica y zumbante. Al margen de los engorros ineludibles, Navona es un viaje para realizar cuando se dispone de tiempo, medido en madurez del deseo más que en horas, aunque solo se disponga de cinco minutos furtivos entre dos pérdidas de tiempo reglamentarias, pero cinco minutos soberanos de su duración y en el punto dulce del deseo de sorberlos. 
Navona es una partícula de mundo ideal para purgar el pecado de ajetreo, el sacrilegio de no saber utilizar el tiempo libre cuando se tiene. Es la tierra prometida de quienes soñamos con poder sentarnos a distraernos en algún momento del día, del año o de la vida, si puede ser a la hora pánica de después de comer, la hora meridiana de las tentaciones, el instante tolerado de la accidia. Para quienes nos empecinamos en creer que la calma y la belleza aun pueden ser sensaciones urbanas, Navona es un as en la manga, un remanso, o sea un mito y por lo tanto una incertidumbre. Todo consiste en esquivar los períodos de alteración turística y, más que nada, salvar imperiosamente la fe en algunas cosas. 
Los sessantaottini que ahora nos situamos ya en el umbral de la tercera edad recordamos aquella fotografía de Sartre i la Beauvoir tomando el café y el croissant matinales en una terraza de los bares de Navona, com si fuese la filial veraniega de chez Flore. Era una imagen que nos reafirmaba en la vaga sensación de que se podía ser de izquierdas y tener buen gusto. Hoy no nos duelen prendas al reconocer que un carca reconsagrado y gran periodista como Indro Montanelli es el autor de algunas de las páginas más evocadoras sobre Navona, tal vez porque tenía el privilegio de vivir en esta plaza, precisamente en uno de los numerosos apartamentos que son propiedad histórica del Estado español. 
Navona es un mundo, no un monumento. No se puede cometer el error de considerar aisladamente a la famosa fuente central de Bernini o la iglesia adyacente de Borromini al margen del conjunto de un espacio en que los monumentos ceden el protagonismo a algo más importante: la victoria del concepto de plaza como lugar invitador de encuentro. Navona no es museo, ni siquiera una plaza museo. Es una plaza, es “la” plaza. 
Su forma elíptica, que ramblea descaradamente, es la del estadio o circo domiciano, construido por el emperador Domiciano el año 86 en forma de gran nave o navona para organizar fiestas acuáticas inundándola con las aguas del Tíber vecino. La intervención que le dio la fisonomía actual es la barroca del siglo XVII y, sobre todo, la de la gente de hoy que la vivifica, con la ayuda de aquella fe imperiosamente salvada por la mirada del observador y el consumo reiterado de los poderosos espressos en la terraza del bar Tre Scalini.

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