26 may. 2014

Repintar una estatua de Augusto en Tarragona, un paso de gigante

La arqueología nació el siglo XIX como ciencia marcada por el espíritu romántico que se complacía con el carácter  melancólico de las ruinas. Una vez excavadas, restauradas y abiertas al público, debían seguir pareciendo ruinas, sin retornarlas o reconstruirlas al estado original. Esta visión todavía predomina, cada día con mayor controversia. Ahora los arqueólogos Emma Zahonero y Jesús Mendiola han tenido la  iniciativa, dentro del dinámico Festival Tarraco Viva, de volver a policromar una réplica de la conocida estatua del emperador Octavio César Augusto, que residió dos años en Tarraco (la original, con el color perdido, se expone en los Museos Vaticanos), en contra de aquel discutible concepto de restauración imperante. Toda la escultura y la arquitectura grecolatinas eran vivamente policromadas, aunque la línea oficial de arqueólogos y restauradores haya pretendido obviarlo. Tarragona se ha convertido en un foco de dinamización arqueológica, pese a que su muralla romana (la más antigua fuera de la Península Itálica) se siga cayendo por falta de ejecución de más de la mitad de las obras de restauración previstas en el plan aprobado en 2006 por la Generalitat y el Ayuntamiento. El
yacimiento ha recibido 1,2 millones de visitantes el pasado año, seis veces más que los contabilizados en 2000, cuando la UNESCO lo declaró patrimonio de la humanidad.
Tarraco fue el cuartel general del ejército romano en la Península Ibérica durante la segunda guerra púnica y también a continuación, al convertirse en capital de la Hispania Citerior. La colonización romana fue mucho más allá que la griega, por la creación de infraestructuras y la capacidad de asimilación de la población autóctona a la cultura de Roma. Lo dos años de residencia del emperador Octavio César Augusto en Tarraco significaron embajadas, recepciones, vida oficial y construcción de monumentos, en un territorio que englobaba hasta Barcino al norte, Dertosa (Tortosa) al sur e Ilerda (Lleida) al este. 
La ciudad romana de Ampurias era de menor dimensión. En cambio, la anterior ciudad griega ampuritana es una de las pocas localizadas en toda la Península Ibérica y adquiere por ello una trascendencia de primer orden. A través de Ampurias los griegos desplegaron aquí aportaciones embrionarias de los fenicios como la economía monetaria, una noción de urbanismo, la extensión de cultivos como la viña y el olivo, las técnicas modernas como la salazón de pescado o el torno de alfarero para la conservación y transporte de las cosechas. Los griegos y los romanos introdujeron a los iberos en la cultura global mediterránea, dentro de un paso de gigante civilizatorio. Hablar de griegos y romanos en Cataluña también es hablar de una historia y un escenario propios. 
La primera expedición enviada nunca por Roma a la Península Ibérica llegó en verano del año 218 aC al puerto de Ampurias con 60 naves y 10.000 hombres, comandada por Cneo Cornelio Escipión, en el marco de la segunda guerra púnica contra Cartago que se libraba también en territorio ibérico. Aquel año Aníbal había conquistado Sagunto, había roto el pacto firmado con los romanos de no penetrar más allá del Ebro y emprendido la marcha sorpresa sobre Roma. La misión de Cneo Cornelio Escipión era combatir las bases ibéricas de Asdrúbal, hermano de Aníbal --quien ya se encontraba en Italia— y cortar el suministro que recibía desde su retaguardia en la Península Ibérica. 
La expedición romana montó el campamento militar junto a núcleo griego de Ampurias. Acto seguido emprendió camino para atacar el campamento cartaginés instalado en la ciudad ibera que Polibio denomina en griego Kissa y Tito Livio en latín Cissis. Lo conquistó y estableció el cuartel de invierno del ejército romano en la ciudad que ambos autores llaman ya Tarraco, en la cima de una colina litoral en la desembocadura del río Francolí, separado del oppidum o poblado ibérico existente en el lugar. 
Las tres guerras púnicas entre cartagineses y romanos por la hegemonía mediterránea sangraron a las dos grandes potencias militares durante más de cien años, del 264 aC al 146 aC. También asolaron la Península Ibérica, entre otros territorios. La primera guerra púnica se desarolló sobre todo en Sicilia, Cerdeña y Córcega, del 264 aC al 241 aC. La segunda, la guerra de Aníbal, afectó de pleno a Iberia. Hasta entonces la Roma en ascenso no había tenido intereses en territorio ibérico. A partir de ahora los tendría definitivamente. 
Aníbal condujo la segunda guerra púnica ad portas de Roma, atravesando los Pirineos, el Ródano y los Alpes con sus legendarios elefantes y derrotando al ejército romano en cuatro batallas seguidas en la Península Itálica. Tras seguir el curso del río Segre y pasar por Llívia, el gran ejército de Aníbal franqueó los Pirineos en mayo del año 218 aC por el Coll de la Perxa en la Cerdaña, esquivando los núcleos del litoral como Ampurias aliados con griegos y romanos. Los 37 elefantes de la expedición eran auténticas unidades blindadas de la caballería de la época, protegidos sus flancos con placas metálicas y coronados por una torre desde donde actuaban arqueros y lanceros (el recurso militar a los paquidermos ya fue utilizado por los persas un siglo antes contra Alejandro Magno). 
Tras la travesía de los Alpes nevados y la primera batalla contra los romanos en el norte de Italia, a Aníbal le quedaban tan solo 7 elefantes, de los que 6 murieron poco después en sucesivos enfrentamientos. El único uperviviente fue utilizado para que Aníbal pudiese hacer entradas triunfales en las ciudades itálicas que conquistaba. Más determinante que los elefantes fue la introducción en Europa de los pequeños y robustos caballos bereberes por parte de los jinetes númidas de sus huestes. 
Por el lado romano, Publio Cornelio Escipión, tras instalar el campamento de guerra junto a núcleo ibero de Tarraco, derrotó a la retaguardia de Asdrúbal cerca de Sagunto el año 217 aC y se apoderó de Carthago Nova (Cartagena), la capital púnica peninsular. El ejército romano también tuvo que enfrentarse a los iberos sublevados, encabezados por los hermanos ilerdenses Indíbil y Mandonio. Roma se vio obligada a mandar refuerzos comandados por el general Claudio Nerón a través del puerto de Tarraco y, poco después, el grueso del ejército dirigido por Publio Cornelio Escipión con 10.000 soldados y 500 jinetes más. Tras varios despliegues en territorio ibérico e itálico, Publio Cornelio Escipión, llamado Escipión el Africano Maior, derrotó a Aníbal en la batalla de Zama (Túnez) en 202 aC. 
Ganada la segunda guerra púnica, el Senado de Roma envió a Hispania el año 197 aC a los magistrados que debían establecer el límite provincial del nuevo dominio entre la Hispania Citerior y la Ulterior, puestas bajo el mando de gobernadores romanos, ocupadas por guarniciones militares y sometidas a impuestos. La rebelión armada de los iberos de la Citerior contra los abusos de los nuevos ocupantes forzó a Roma a enviar por el puerto de Ampurias el ejército dirigido por el cónsul Marco Porcio Catón. Su campamento o praesidium sería el embrión de la ciudad romana ampuritana, la cual se convertiría en puerto de entrada del comercio itálico en la Península Ibérica y de las corrientes culturales del llamado helenismo romano, inspirado en el griego u oriental. Ampurias obtuvo el estatuto de ciudad independiente, más de iure que de facto, aunque lo perdió acto seguido al alinearse junto a Pompeyo frente a Julio César durante la guerra civil romana. 
La presencia de Roma en Iberia tenía una voluntad colonizadora reflejada en el cambio de nombre de la provincia por el de Hispania. A partir del año 197 aC la estructuraron en Hispania Citerior (más próxima a Roma), con capital en Tarraco, e Hispania Ulterior (más alejada de Roma), al sur del río Ebro, con capital en Córdoba. La colonización romana de los siglos siguientes iría mucho más allá que la griega, mediante la creación de potentes infraestructuras de comunicación e urbanización, así como por la capacidad de integración de la población a la ley y la cultura de Roma. 
Un año antes de ser asesinado en el Senado, Julio César venció en el 45 aC a los hijos de su enemigo Pompeyo en la batalla de Munda. De regreso a Italia, dejó en Ampurias a una colonia de veteranos para controlar la zona, aunque la ciudad ampuritana fuese de dimensiones reducidas en comparación con la pujanza de nuevas fundaciones como Tarraco y Barcino, que disponían de una ruta marítima más fácil hacia Roma a través del estrecho de Bonifacio. Ampurias empezaba a alejarse de los centros politico-comerciales y entró en rápida decadencia a partir del siglo I dC. 
Durante el reinado de su sucesor Octavio César Augusto, hijo adoptivo del asesinado Julio César, el nuevo emperador instauró un poder centralizado y dinástico, con el título divinizado de Augusto y mando directo sobre todas las provincias, de modo que dirigió personalmente la guerra contra la resistencia de cántabros y astures al norte de la Península Ibérica a finales del año 27 aC. El emperador Octavio se retiró en Tarraco por problemas de salud durante dos años. Tarragona sigue siendo un punto privilegiado para replantear algunas viejas costumbres de la arqueología.

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