16 jun. 2014

Mi orgullo herido de usuario de la Biblioteca de Cataluña

Cada biblioteca pública es un centro cívico, un bastión cultural, una pequeña revolución. Hay más de 300 en Cataluña y superan los 20 millones de usuarios anuales. Solo en Barcelona, más de la mitad de los ciudadanos poseen carnet de la red de bibliotecas públicas y las califican como uno de los equipamientos mejor valorados. La madre de todas, la Biblioteca de Cataluña, se ha renovado como las demás con una vitalidad envidiable, pero acaba de cumplir cien años de actividad con nubarrones muy oscuros. Quizás por eso ha pasado de modo tan discreto el aniversario de una institución pública que debería llenar de orgullo y que
ofrece un servicio práctico cotidiano de tanto mérito.
De entrada, la Biblioteca Cataluña se halla situada en un excepcional edificio histórico, el Hospital de la Santa Creu, uno de los conjuntos del gótico civil más importantes, que acoge igualmente al Institut d’Estudis Catalans, la Escola Massana, la Academia de Farmacia, una biblioteca de la red provincial, una plaza pública en pleno barrio del Raval y un bar encantador al aire libre. Los 3.000 m2 de naves góticas y los 241 puntos de lectura de la Biblioteca de Cataluña fueron magníficamente restaurados por el arquitecto Joan Rodon y su labor mereció el premio FAD 1994. 
Es uno de los equipamientos más destacados del país por varias razones sumadas, sin embargo en 2011 la directora Dolors Lamarca ya advertía a propósito de los recortes: “Este presupuesto significa la parálisis total de la Biblioteca de Cataluña, la paralizarán de veras. Quien venga solo podrá subir y bajar la persiana”. Una vez jubilada, quien vino fue la nueva directora Eugènia Serra. Declaraba hace pocos días a raíz del centenario: “Nuestro cinturón ya no tiene más agujeros para estrechar”. 
El presupuesto de la Biblioteca de Cataluña ha sido brutalmente reducido a la mitad por el gobierno de la Generalitat: de los 12,6 millones de euros del 2008 a los 6,9 millones del presente año. Por su admirable condición de centenaria y el servicio que ofrece, recibe un trato absolutamente injusto. Abierta cada día a los 291.349 usuarios potenciales que disponen de su carnet y que pueden recurrir a ella de forma presencial o bien telemática, soy testigo de la constante puesta al día de su servicio, ahora interrumpida por el hachazo presupuestario. 
La empecé a utilizar como sala de estudio durante los últimos cursos del mi bachillerato, hace cincuenta años. Hoy no solo sigo siendo usuario frecuente, sino uno de aquellos ciudadanos a quien la Biblioteca de Cataluña llena de orgullo cada vez que entro, así como de indignación el trato presupuestario que recibe por parte del gobierno de la Generalitat.
La Biblioteca de Cataluña debería ser la niña de los ojos, uno de los equipamientos faro del gobierno de un país orgulloso de sus modernas instituciones centenarias. El gobierno catalán la ha recortado en un cincuenta por ciento.

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