21 ene. 2015

Quien tiene criterio y duros, fuma puros (de vez en cuando)

No dudo que fumar perjudica a la salud y que dejar de hacerlo es una decisión sabia y gratificante, por eso debemos restituir al tabaco la condición que no tendría que haber abandonado nunca de rito, celebración, placer saboreado esporádicamente, como cualquier otro placer no rutinario. Confundir la adicción al tabaco industrial del cigarrillo con fumar de vez en cuando un puro de calidad (cigarro enrollado a mano con hoja larga, no picadura) sería como equiparar a un alcohólico con un enólogo. Las campañas de las autoridades sanitarias contra el tabaco tienen un fundamento indiscutible, pero también son escandalosamente hipócritas. Resulta evidente que la mejor opción para la salud es no fumar, del mismo modo que lo sería
renunciar a otros hábitos perjudiciales: respirar en ciudades declaradamente contaminadas por encima de los límites legales, al estrés, al sedentarismo, la obesidad, al abuso del alcohol o las dietas desequilibradas, por citar solo unos cuantos hábitos reconocidos.
El tabaco se ha visto convertido en el primer caballo de batalla contra el que las autoridades reguladoras no han admitido el principio de moderación del consumidor, de responsabilidad individual ni de contrapeso entre ventajas e inconvenientes, como lo hacen con tantos otros hábitos nocivos. Fumar ha sido declarado vicio intrínsecamente perverso sin matices ni paliativos, con una radicalidad que oculta su inutilidad. El prohibicionismo constituye un brindis al sol que más alza la voz cuanto menos incide en la realidad. 
Las campañas sanitarias tienen sus núcleos integristas, capaces de acuñar slogans contrahechos como que la droga que causa más muertes en todo el mundo es legal o que la mitad de los fumadores morirán prematuramente por su culpa. En febrero del 2005 entró en vigor en España y en más de cincuenta países el plan de la Organización Mundial de la Salud de control y restricción de la venta, promoción y consumo de tabaco. Sus promotores tuvieron la desvergüenza de afirmar que seguía el modelo del Protocolo de Kyoto de lucha contra la contaminación ambiental del planeta, aplicado como es sabido de modo irrelevante frente al problema que pretende combatir. 
La Organización Mundial de la Salud reconoce que, pese a todas las medidas restrictivas que los gobiernos firmantes se han comprometido a aplicar, el consumo de tabaco disminuye tan solo de un 1% a un 2% anual. El estrecho margen contiene un desequilibrio flagrante en detrimento de los países pobres, en los que acceder a la capacidad adquisitiva de un paquete de cigarrillos (más aun si son americanos o de importación) todavía representa un signo de estatuto social. En estos países el consumo de tabaco se dispara por encima de lo que se ahorra en otros más desarrollados. En el siglo XXI el cigarrillo está destinado a quedar vinculado a la pobreza desde un punto de vista geográfico, social y cultural. No a verse barrido, ni mucho menos. 
Las mismas autoridades admiten que el beneficio para la salud pública del descenso del número de fumadores en los países desarrollados queda anulado por la duplicación durante los últimos veinte años de los perjuicios de la obesidad, derivada de la opulencia alimenticia y la falta de ejercicio físico. La disminución del consumo de tabaco no significa una mejora correlativa de la salud individual y colectiva, la cual depende de muchos otros factores menos satanizados. La parcialidad de las campañas sanitarias centradas en uno solo de los vicios extendidos en la sociedad, presentándolo como el peor, deja de lado a otras contaminaciones y enfermedades difíciles de combatir sin atacar a grandes poderes fácticos del tejido económico. 
La visión social del tabaco debería admite la posibilidad de un sentido individual de moderación, de consumo responsable, como en el caso del alcohol, primordialmente a través de la modalidad originaria del cigarro o puro ocasional. Las campañas indiscriminadas contra el tabaco nacieron en Estados Unidos, igual como el invento industrial del cigarrillo. La industrialización del tabaco encarnada por el cigarrillo es adictiva, por eso la costumbre social de fumar esporádicamente un puro representa el bastión del placer del tabaco, la cultura del humo ritual, festivo y con sentido, como lo fue siempre. 
Fumar un puro ralentiza el paso del tiempo, rompe la esclavitud de la prisa, la excitación de la velocidad y la saturación del consumismo. Este tabaco de calidad forma parte de una arraigada cultura de la mesura y la divagación, del diálogo y las reflexiones compartidas, de la contemplación de la vida a través de las volutas que agudizan la mirada. El tabaquismo es una cosa, la tradición del puro otra que no merece ser confinada a las narcosalas. 
El eco obtenido por mi libro Cigars, la cultura del fum, publicado por Edicions La Magrana en 1998 y hoy descatalogado, me ha llevado a profundizar en la especialidad, con una convicción en aumento sobre la posibilidad de dejar de fumar compulsivamente el sucedáneo industrial del cigarrillo y volver a fumar tabaco de calidad aquellos días en que el momento lo merece, en que anhelamos el instante fugaz de encontrar algún sentido y entender algo entre las volutas del humo aromático.

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