1 feb. 2015

En Llafranc el agua que me corteja ¿de qué está hecha, de dónde viene?

Ayer fui a pasear a la playa desierta pero vivísima de Llafranc, violentada desde 1970 en su biografía moral por la construcción de un puerto supuestamente deportivo diseñado con los pies y cegado por los corrimientos de arena que provocan los temporales de levante, tras rebotar contra la Punta d’Es Blanc y barrer la playa. Con los pies se pueden hacer cosas maravillosas, por ejemplo caminar, no construir puertos supuestamente deportivos. “Una obra para ricos con mentalidad pobre”, escribió el semanario Destino el 6 de junio de 1970 a propósito del desatino. Lleva más de cuarenta años ahí, quizás me acostumbraré, no lo sé. La playa de Llafranc forma parte de mi ruta natural y tenaz para combatir el vacío de estómago, la aridez
mental y la atonía de la rutina, para sacar a pasear los pensamientos dispersos y colocar la mirada en la línea de un horizonte dilatado con la intención de reencontrar el gusto literal de algunos placeres, la espuma de los sueños, la ilusión administrada como unas gotas de limón sobre el pálpito tibio de la vida.
El primer tramo arbolado con pinos del paseo de Llafranc lleva el nombre de Francesc de Blanes. Se refiere a Francesc Pla Auger, el pescador conocido por Xicu de Blanes porque allí nació en 1827. Posteriormente fue el único residente fijo de todo el año en Llafranc, donde falleció en 1904, tras haber ejercido las vaporosas funciones de cabo de mar o autoridad delegada en la playa. Su nombre fue otorgado por el Ayuntamiento de Palafrugell a este tramo del paseo en 1920. 
En el actual nro. 12 se contempla otro de los estropicios perpetrado por el urbanismo canicular  a partir del instante en que olió la sangre del negocio. La perqueña Casa Plaja, construida por el eminente arquitecto gerundense Rafael Masó en 1929, representó un molde sencillo y exquisito de lo que habría podido ser la construcción turística a orillas del mar. Disponía de un generoso porche asomado a la playa. Las ventanas adoptaban la elegancia básica de los arcos de medio punto, que son la forma más agraciada inventada por el hombre para enmarcar el mar. Toda la fachada, con motivos decorativos de cerámica esmaltada, se vio arrasada en 1951 por los nuevos propietarios, convertida en un muro-cortina bastardo mediante un permiso municipal de obras de “reforma de aberturas”. 
El siguiente tramo, igualmente flanqueado por pinos altos y esbeltos, se llama paseo de Cípsela, la ciudad mítica engullida por la progresión de la línea de costa del Mediterráneo que se encontraba en estos alrededores, según el poema Ora Maritima escrito por el poeta romano Rufo Festo Avieno el siglo IV dC, basado en el relato mitológico y el mapa de un marinero griego de mil años antes. Los pocos arqueólogos que se han interesado (Adolf Schulten, Josep Pella i Forgas) creyeron que puede corresponder al yacimiento arqueológico de la Fonollera (Torroella de Montgrí), donde se han realizado hallazgos de un núcleo habitado de la Edad del Bronce (1.500 años antes de nuestra era).
La leyenda es caprichosa y sitúa a menudo Cípsela al abrigo del cabo de Sant Sebastià, en la playa de Llafranc. El nombre de Cípsela aparece con cierta frecuencia por aquí. En mi memoria sigue asociado al antiguo restaurante Cypsele, sito en una de las esquinas de la plaza del Ayuntamiento palafrugellense, pionero en la recuperación durante el invierno del plato barroco de “es niu” y sus sobremesas igualmente abarrocadas. 
Llafranc era ya antes de la Guerra Civil un lugar de veraneo de la burguesía gerundense y barcelonesa. Las dimensiones amables de la playa, la belleza armónica de la bahía hoy amordazada por el puerto, la comodidad de abastecimiento desde Palafrugell y la proximidad de los atractivos ampurdaneses favorecieron la villeggiatura. En 1933 abrió el hotel Terramar, en 1935 el hotel Llevant. En 1953 los tres hermanos Bisbe convirtieron la casa familiar en céntrico hotel Llafranc y al año siguiente arrancó el Casamar, encumbrado en las Escaleras de Garbí que comunican con el camino de ronda hacia Calella de Palafrugell. 
En 1958 entró a trabajar en la cocina del hotel Llafranc el cocinero marroquí Sadiki Ichuo M’Barek, más conocido por Charly, quien despuntó por dos altísimas especialidades. Primero el propietario Josep Bisbe le convirtió en especialista reconocido del mejor arroz negro del país. En segundo lugar Charly fue durante largos años sin ninguna necesidad de maquillaje el Baltasar de los Tres Reyes Magos que llegan por mar cada atardecer del 5 de enero a la playa de Llafranc, discretamente patrocinados al principio por los propietarios del hotel Llevant, Montserrat Turró y Jaume Farrerons, a fin de hipnotizar a sus hijos, que hoy regentan el establecimiento. 
Los primeros años la cara del rey blanco se parecía vagamente al cocinero Antoni Estrach del hotel Llevant, el rey rubio al pintor Rodolfo Candelaria y el negro al veterano camarero Isidre Sala. El periodista Miquel Gil Bonancia redactaba el pregón que leían Sus Majestades y todo adoptaba en aquel atardecer invernal el peso de la ilusión palpable, la de los niños y la de los mayores. La figura del rey negro aumentó aun en magnetismo con el fichaje del cocinero Charly, de piel negra natural, quien se dirigía a los niños en árabe de versión original mientras percibía en sus brazos el temblor de las criaturas aterradas y al mismo tiempo extasiadas. La llegada casi íntima de los Reyes Magos por mar a la playa de Llafranc es la más conmovedora que yo haya visto nunca. 
En 1961 abrió el restaurante León, del abuelo León Rovira Bastons, quizás más desapercibido en la calle de segunda línea, basado en un pescado que transitaba con plena alegría de la barca de la casa a las mesas, ennoblecido todavía por la preparación justa de la abuela Teresa Maspons y la nieta Montse Rovira. El pescado de casa León, Dios mío, ¡qué simple e inolvidable fiesta! Mucho más adelante, en 1996, abrió en el paseo de Cípsela núm. 10 el restaurante Simpson de Maribel Palet en la cocina (el apellido Palet es un rango en la heráldica popular palafrugellense) y el marido Félix Mozo en la sala. 
La competencia, pues, es estrecha a Llafranc y las predilecciones complicadas. Ayer me decanté por el hotel Llevant, tal vez porque me deleita especialmente contemplar durante la comida la exquisita pinacoteca que fue reuniendo en sus paredes la madre Montserrat Turró. Mientras viva acariciaré la esperanza de que su hijo Quim Farrerons devuelva algún día a la carta las manitas de cerdo con cigalas que marcaron época. 
La producción literaria sobre Llafranc quizás sea limitada (podríamos discutirlo), sin embargo ha dado una obra de admirable nivel. La sardana “Com estàs, Llafranc?” es una pieza afortunada por la conjunción entre la calidad de la letra del poeta local Josep Martí Clarà “Bepes“ y la música culminante del experto compositor Ricard Viladesau. El poeta local de la aldea inglesa de Stratford-upon-Avon fue William Shakespeare, el de Palafrugell fue Josep Martí Clarà, el Bepes. Siempre he admirado a ambos, con las salvedades que se quiera. 
La letra de Bepes para esta sardana es de una construcción sintáctica sinuosa, como corresponde a las mejores inspiraciones. Poseo el mecanoscrito del poema, que el autor me obsequió. Me sigue resultando difícil encajar algunas frases, lo cual también forma parte de mi admiración por el acierto de imágenes que contiene, sin necesidad de que casen sobre la pauta gramatical lógica. La sardana de Bepes-Viladesau es una pieza de lucimiento.
La letra proclama: “L’aigua que ve dels enllàs és blaveta de color. El mar blau, l’onada no (bis). Quan manyaga o no desfàs a la sorra que grogueja, aquesta aigua que et festeja de què és feta, d’on és treta? Es fa d’aire amb llum d’albada o de gotes de rosada o qui sap de què n’és feta... Tu que fas de festa gesta per trobar el ponent encès o per l’aire d’una aresta vols festa, més festa, festa que mirar Llafranc com és (bis)? Sorra neta i aigua clara i les nits de lluna plena s’ha vist més d’una sirena que s’hi renta bé la cara. Dalt la penya hi ha l’ermita, mig ermita mig hostal, tota nau es veu petita contemplada d’allà dalt. Al rompent l’ona no salta (bis)! Ve la nit i tot dormia, dorm que dorm fins que sortia un sol gras, vermell de galta, que donava amb llum bon dia. I tot brilla i tot remou i amb la llum que fa camí veus Llafranc amb colors nous estrenats cada matí (bis)!”. 
La música de Ricard Viladesau le da un atractivo inigualable, dividido en secciones rítmicas (los pasos cortos y los largos), melodías cambiantes y el do de pecho de los puntos de exclamación. He escuchado tocar y cantar esta sardana en múltiples ocasiones, a veces con mayor talento y otras puramente de trámite, de bolo. Siempre ha logrado estremecerme una fibra umbilical, seguramente porque amo a Llafranc y recuerdo la viveza de trato de Bepes, de Viladesau, de los músicos y los cantantes que me la dieron a conocer.
La pieza pone broche cada verano a la cantada de habaneras del primer sábado de agosto en la playa de Llafranc, como no podría ser de otro modo. Es la ocasión de acudir a escucharla masivamente, aunque esta música no siempre da lo mejor de sí en los concurridos encuentros del verano. 
El día en que Quim Farrerons devuelva a la carta del Llevant las manitas de cerdo con cigalas, deberían asimismo reaparecer con las guitarras Josep Bastons, Pere Savalls, Jordi Tormo, Fonso Carreras, Carles Casanovas i Mineu Ferrer para cantar “Com estàs, Llafranc?” de la manera como se conciben las grandes, sencillas, afortunadas cosas únicas. Probablemente será un día de invierno tenaz, en la playa desierta pero vivísima.

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