25 abr. 2016

“Me doy cuenta de que vivo en un país de mierda, lleno de insensatos y bárbaros”

Los hachazos urbanísticos se siguen perpetrando hoy en los últimos rincones idílicos de la costa con toda legalidad. Frente a los ciudadanos movilizados contra el gigantesco chalet en construcción de un propietario ucraniano que desfigura la cala del Golfet de Calella de Palafrugell, el alcalde alega que la obra tiene todos los permisos en regla y añade: “Otra cosa es que estéticamente no guste, pero eso son opiniones subjetivas”. Por cierto, la web del semanario francés Le Nouvel Observateur dedica hoy mismo un reportaje a los "Chalets mal comprados de los oligarcas ucranianos en la Costa Azul". Al mismo tiempo, el ayuntamiento de Tossa de Mar acaba de aprobar la construcción de un hotel con severo impacto paisajístico en la todavía
virgen Cala Morisca, maravilla natural que ha representado hasta ahora un rincón de aguas claras e ideas tranquilas, a medio camino de la emboscada cornisa rocosa que discurre entre Tossa y Lloret.
En el dietario que publica cada domingo en el Diari de Girona, el periodista Ramon Iglesias escribió ayer unas palabras durísimas y al mismo tiempo ejemplares. Yo no sabría mejorarlas, por eso las reproduzco aquí mientras me saco el sombrero: “Cuando hoy en día aun es posible construir un resort de casi treinta mil metros cuadrados en un pedazo de paraíso como es cala Morisca de Tossa de Mar, me doy cuenta de que vivo en un país de mierda, lleno de insensatos y bárbaros capaces de devastar lo que queda del gran patrimonio de este país, que es --aunque sobre todo era-- el paisaje. Ni mil debates Costa Brava pondrán fin a la insensata codicia de los ayuntamientos. El director general de Urbanismo, Agustí Serra, ha aplazado la decisión de permitir la construcción de este hotel pero es muy probable que acabe dando el permiso para cometer este nuevo atentado en la Costa Brava, demostrando que este gobierno de Junts pel Sí, bajo la piel de cordero y el camuflaje socialdemócrata, tiene un ADN depredador. Poco que decir del Ayuntamiento de Tossa, como si no hubiesen destruido suficiente belleza en cuarenta años. ¡Sois una calamidad! No habéis aprendido nada”. 
Yo también pienso a veces, igual que Ramon Iglesias, que vivo en un país de mierda en determinados aspectos. Leer en la prensa artículos como el suyo me reconforta. Me permite creer un poco todavía en la grandeza amenazada de los pequeños rincones del paisaje. También en la grandeza de los pequeños rincones del periodismo que, de vez en cuando, hablan tan claro como los paisajes luminosos que amamos como son.
La grandeza capaz de experimentar brotes de ternura dentro de la indignación, de alcanzar la medida del pecado y romperle la inercia del silencio por un sentido del honor, de defender el patrimonio colectivo de la belleza existente aunque sea con el fulgor de una lucidez altisonante, de salvaguardar el carácter de unas armonías concretas que hasta hoy habían encajado de forma transparente, vibrante, frontal y veraz con la idea y la práctica del bien común, antes de entrar en los caminos turbios y soberbios del lucro particular, la orfandad de espíritu y el corazón carcomido de la derrota.
El patrimonio costero, el patrimonio natural en conjunto, se ha acostumbrado con demasiada frecuencia, tanto en dictadura como en democracia, a la condición oprobiosa de laberinto de desconsuelos trazado por la indigencia moral del imperio del dinero.
He leído las palabras de Ramon Iglesias, desusadas y deshuesadas, como si fuesen un rayo de sol que atraviesa los nubarrones y golpea sobre un punto preciso de la bola, del metabolismo vital del paisaje manoseado, del alma de la costa desbravada que se revuelve y se defiende en un país de mierda, lleno de insensatos y bárbaros.

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