10 ago. 2016

La alta frontera de la viña en la baja sierra de la Albera, un abismo entre comarcas vecinas

La implantación de la frontera pirenaica en 1659 allí donde no la había y la distinta reacción tras la plaga de la filoxera de 1878 determinaron un desarrollo vinícola desigual a sendos lados de la Albera, en el Rosellón y el Empordà. Una cepa, una uva y una viña pueden parecer hermanos gemelos tanto al norte como al sur de la raya estatal, pero no lo son. El trabajo y el comercio vinícola dependen de la legislación y las características del mercado de cada país, de cada Estado, tanto o más que del clima y la tierra. Cada vino es un paisaje trabajado de modo distinto. Lo aprendí con cierta extrañeza de entrada, como aprendemos las cosas los periodistas: no solo en los libros, los tratados
académicos o los estudios técnicos. El periodismo tiene su método científico: consiste en observar con curiosidad, preguntar con intención y relatar de manera sintética y comprensible.
Los años de corresponsal en Barcelona del diario perpiñanés L’Indépendant me llevaron a franquear la raya fronteriza con frecuencia y con una obligación descriptiva de la actualidad. Se derivó un respeto de la realidad existente, case o no case con esquemas previos, deseos teóricos o visiones de despacho. 
Algunas ocasiones me abrieron los ojos en particular. Por ejemplo el día en que acudí a la visita pública del Cellier de Templiers de Banyuls. Podía ser guiada en distintos idiomas, entre los que no figuraban el catalán ni el castellano. Por la sencilla razón que no suele haber visitantes de este lado de la frontera, en la que los vinos roselloneses no tienen ni buscan mercado. 
La frontera está ahí, diga lo que diga la Unión Europea y el Tratado de Schengen. Ha cambiado en comparación con la época del franquismo, pero estar, está. Ya no es preciso enseñar el pasaporte, cambiar moneda ni comprar la carta verde, pero tres siglos y medio de separación han asentado diferencias en el marco legal, económico, escolar, cultural, mediático. 
La frontera se ha instalado en las mentalidades, modeladas por el entorno cotidiano. Sin embargo no se ha impuesto del todo. A veces ha favorecido un contrabando ideológico de verdades elementales que la superan porque se encuentran más arraigadas que ella. 
En 2010 entrevisté a Jean-Michel Solé, presidente de la cooperativa de 750 viticultores Grupo Interproductor Collioure-Banyuls y actual alcalde de la localidad, en las modernas instalaciones del Cellier des Templiers de Banyuls (la denominación engloba también a Cotlliure, Port-Vendres y Cerbère). Todavía se modernizarían más con la flamante planta de producción inaugurada en 2011 mediante inversión de 12 millones de euros (40% de aportación pública). Su producción de 23.000 hectolitros anuales se divide a partes iguales entre vino dulce natural y vino seco. 
Las cifras del vino de Banyuls son reducidas. De las 20.000 hectáreas de viñedo en el conjunto del Rosellón (en 1960 eran 70.000), solo 1.500 pertenecen a la denominación Banyuls (800 para vinos dulces naturales, 700 para vinos secos). No es ni siquiera mayoritario en la categoría de vinos dulces naturales. Del millón de hectolitros anuales de vino del Rosellón, 295.000 corresponden al vino dulce natural y tan solo 23.000 a Banyuls. El resto de vinos dulces naturales roselloneses son moscateles del llano de Rivesaltes y Maurí, un viñedo más extensivo y mecanizado. 
El Rosellón produce el 80% del vino dulce natural de toda Francia y el 2% del vino en general, a menudo en pequeñas explotaciones familiares coordinadas en cooperativas o grupos de producción. El suelo árido da una uva rica en azúcar y vinos de piedra y tramontana, filosóficos y densos. 
El inconveniente del terreno en pendiente, que las lluvias escasas pero violentas pueden descarnar hasta el hueso, ha dado pie a la técnica de bancales de piedra seca, escalonados a lo largo de las laderas en terraza que resiguen prácticamente las curvas de nivel de la orografía, a veces sin más de dos metros de anchura útil. 
La capa de tierra de muchas de esos bancales ha sido remontada manualmente cada cuatro o cinco años con el sudor de generaciones sucesivas, cesto a cesto o a lomo de mula (ahora lo hacen con versátiles máquinas excavadoras llamadas palas-araña). La tramontana favorece la alta insolación que concentra los azúcares de la uva y el ciclo de evaporación hídrica, a la vez que ejerce un efecto regulador de la humedad del viñedo y evita muchos tratamientos fitosanitario.
Se trata de un terreno arcilloso sembrado de pedruscos, inapto hasta hace poco a la maquinización, aparentemente raquítico, amargo, dominado por la tenacidad de hombres oscuros que luchaban contra la abrasión del tiempo con los medios a su alcance, alzados contra la fatalidad de los elementos que ellos tenían la osadía de no considerar inexorables. 
Las cepas son de pie bajo, inmunes a las modernas espalderas. Se siguen vendimiando a mano. La viña pertenece a una constelación de pequeños propietarios que la cultivan de padres a hijos como un rito, a menudo de forma complementaria con otras actividades. El trozo de viña no es tan solo una explotación, representa también el patio familiar donde se celebran todo tipo de encuentros festivos, comidas y repeixos a lo largo del año. 
La malla parcheada del minifundio de Banyuls tiene poco que ver con la propiedad más globalizada del resto de la comarca y del país. De hecho en Banyuls casi nada tiene que ver con nada. 
Junto a la producción especializada de vino dulce natural, se mantiene una pequeña pero irrenunciable elaboración de vino rancio, un nombre que parece rancio y cayó en desuso en los circuitos mayoritarios. Ahora regresa por la puerta grande.
Los vinos dulces naturales y los rancios secos derivan de una alquimia propia de la uva sobremadurada. Algunos se dejan envejecer en garrafa de vidrio a sol y serena o en barriles de roble que duermen a la intemperie para que se oxiden con la evaporación del verano, se impregnen del carácter de las bonanzas y el músculo de los temporales.
Otros lo hacen en alguna barrica arrinconada bajo la escalera o a refugio de un tejado, siempre en la trastienda de las corrientes dominantes. Les añaden cada año una parte de vino joven para que se abrace con la madre del vino, procedente de tiempo atrás, dentro de una continuidad edípica perpetua, un envejecimiento calculado, una educación mutua que cree en la capacidad de regeneración del recuerdo. 
El licoroso rancio seco de 16 o 17 grados, de un tono rubí, una melosa densidad de ámbar, una elegancia sedosa y fragante, un lirismo chispeante de irisaciones sutiles como una caricia, alterna la ternura con el arrebato. Se convierte en una sonrisa de la tierra en que habita una forma de esplendor, de fulgor, de gloria de la vida capaz de corregir la realidad y mejorarla, de inventar una realidad superior. 
Representaba el vino prometeico de las fiestas, las ocasiones de excepción, capricho, fantasía y emoción. También un vino meditativo para palparse las neuronas o bien de honda siesta digestiva, un vino en que subyace sin duda una cuestión moral. Era asimismo un vino de nervio para cocinar carne estofada y asados de gravedad wagneriana (hoy lo “maridan” con anchoas y quesos azules, en un idilio perfecto por sorpresa).
La producción escaseaba, víctima de su propi misterio. No solía ser muy comercial, entre otros motivos por la evaporación de hasta un 40% del contenido de la barrica, la llamada “parte de los ángeles” que provoca el procedimiento. 
En 2004 surgió la quijotesca asociación Rancios Secos del Rosellón, una veintena de productores decididos a salvar la existencia y el renacimiento de este vino identitario. Hoy reúne a joyas de la corona como el rancio Frères Parcé del Domaine de la Rectoria en Banyuls o el Cap de Creus del Domaine de la Tour Vieille en Collioure, entre otros. 
También se ha recuperado de este lado de la frontera, por ejemplo el magnífico rancio Sereno Solera de la bodega La Vinyeta, con garnacha tinta de dos parcelas de Mollet de Peralada y del camino de Espolla al Coll de Banyuls, que más que un camino es la escalera de Jacob del paraíso secreto interfronterizo. El Priorat se ha apuntado igualmente a la tendencia, aunque todo lo relacionado con el vino del Priorat es hoy muy hollywoodiense. 
La legislación francesa ha tenido un papel decisivo en el mantenimiento de la viña rosellonesa, en particular la acción del ministro perpiñanés Jules Pams, quien la favoreció abiertamente en el marco de un clientelismo asumido y habitual. Fue el impulsor de un nuevo régimen fiscal muy favorable y del reconocimiento oficial de la denominación de origen para estos vinos de su región.
La acaudalada dinastía de los Pams remontaba al abuelo payés Raymond Pams, enriquecido como comerciante del puerto colonial habilitado en Port-Vendres (el puerto francés más próximo a Argel) y vicecónsul de Génova en la localidad.  Los tres hijos Raymond, Joseph y Jean-Baptiste encabezaron las tres ramas de la familia en Argelés, Port-Vendres y Arles de Tec.
El abuelo de Jules, Joseph Pams, ya era uno de los principales marchantes de vino en los muelles de Port-Vendres. Diversificó las actividades comerciales en la misma base de operaciones, hasta controlar una parte importante del tráfico marítimo. De su hijo Louis, casado con Laure Vallarino, nació Jules Pams el 1852 en Perpiñán. 
El muchacho fue enviado a estudiar en un “grand lycée” parisino. Se licenció en Derecho, pero en seguida se dedicó a los negocios familiares y la política dentro del Partido Radical-Socialista. En Francia los “conservadores de izquierda” disponen de una larga trayectoria. El Partido Radical-Socialista no era radical, no era socialista y casi no era ni un partido, pero constituyó la fuerza dominante de la III República y una parte de la siguiente, durante toda la primera mitad del siglo XX. 
El republicanismo rad-soc era la fuerza hegemónica de la pequeña y la gran burguesía de provincias. Protagonizó la larga lucha anticlerical, en un momento de auge de la francmasonería como idea de progreso, sin imaginar que el sistema democrático fuese incompatible con la desigualdad económica que los rad-soc consolidaron como algo estructural. También consolidaron el jacobinismo sin matiz ni resquicio, el viejo centralismo incólume. 
Jules Pams, casado con Jeanne Bardou (hija del fabricante Pierre Bardou, una de las principales fortunas de la región perpiñanesa), fue diputado en París por su circunscripción de los Pirineos Orientales de 1893 a 1905, senador de 1904 a 1930, ministro de Agricultura de 1911 a 1913, ministro del Interior de 1917 a 1920 y candidato fallido a la presidencia de la República en 1913 contra Raymond Poincaré. 
Pasó a la posteridad como el “padre” de los vinos roselloneses por la ley que les concedió ventajas fiscales, en una confluencia de facto entre los intereses del negocio familiar y de los viticultores de la comarca. Una parte sensible de la producción de la empresa Caves Pams halló nuevas salidas en el sector público, el ejército y la Marina colonial. Sin la intervención del ministro Pams, los vinos roselloneses habrían conocido probablemente una línea decadente similar a los vecinos ampurdaneses durante el siglo XX.

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